sábado, 10 de noviembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (ONCE: CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR)



MUY FRÍO - Carlos Enrique Saldívar & Sergio Gaut vel Hartman

La tarjeta decía: OVERWASH – REFRIGERACIÓN. Y un teléfono. Necesitaba reparar la heladera y que le revisaran el acondicionador de aire; seguramente tendrían que agregarle gas. Llamó:
—¿Overwash?
—Overwash Refrigeración a su servicio —dijo una voz grabada—. Refrigeración marque uno; heladeras, dos; aire acondicionado, tres; criogenia, cuatro. O aguarde y será atendido.
Marcó cuatro, por pura curiosidad, y dejó grabado un mensaje pidiendo un especialista.
El especialista llegó a las cuatro en punto y le disparó en la nuca, comenzando de ese modo el proceso de frizado.
Despertó. Recordaba todo: la visita del técnico a su casa, el impacto, el dolor. Se oyó una voz computarizada:
—Terminamos, señor. Gracias por usar nuestro servicio.
Muy efectivos, pensó el cliente. Salió del edificio.
No había una sola persona en las calles.
¿Qué año sería? No importaba. El aire estaba envenenado. Moriría pronto.
Se preocupó. No tenía dinero para otros cien años de criogenia.

domingo, 4 de noviembre de 2018

DOMINGO CON AMIGOS (UNO: JOSÉ LUIS VELARDE)




EL PORTADOR – Sergio Gaut vel Hartman & José Luis Velarde

—¡Usted es un tipo prepotente, autoritario, un verdadero fascista! —La mujer quiso cerrar la puerta, pero el intruso puso el pie y sonrió.
—Le traigo la Palabra, hermana. Usted, más que nadie, necesita al Señor. —La calma del sujeto contrastaba con su mirada, gélida, cargada de odiosa determinación. La mujer empezaba a asustarse. Había oído hablar de falsos misioneros que usaban la excusa del mensaje religioso para meterse en las casas y robar, e incluso violar a mujeres solitarias.
Hortensia reprimió el miedo. Analizó al evangelista sin descubrir amenazas, y retrocedió invitándolo a pasar.
—¿Quiere café? ¿Galletas?
El hombre, curtido en mil batallas proselitistas, asintió, feliz por haber conquistado un alma nueva para el Reino. Si lograba atención conseguiría doblegarla.
La mujer señaló una silla donde el hombre se desplomó para hablar de culpa, arrepentimiento y perdón. Veinte minutos después, se agitó al corroborar la fama de Hortensia como envenenadora infalible.
Ella sonreía como una reina mientras planeaba la desaparición del nuevo cadáver.

sábado, 27 de octubre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (DIEZ: PATRICIO G. BAZÁN)



ENCUENTRO CERCANO
Patricio G. Bazán & Sergio Gaut vel Hartman

—¡Salute la barra, miren lo que les traje, mamertos!
Aunque atendía otra mesa, reconocí el vozarrón del Nene Saldívar, integrante del simpático grupete de niños bien que cada noche venía al “Sans Souci” a comer, beber y jorobarle la vida al prójimo.
Los otros devolvieron el saludo con una salva de alaridos alcohólicos. Miré al patrón, que puso cara de “quedate piola, Jacinto, que son clientes”.
Saldívar remolcaba a un morochito flaco y mal entrazado, seguramente una nueva víctima de la diversión de estos muchachones malcriados.
—Me lo encontré afuera, solo sabe decir: “vengo en paz”.
—¿Tiene nombre? —preguntó otro, pícaro.
Saldívar hizo una pantomima de hombre pensativo, y soltó entre risotadas:
—¡Muchachos, les presento al Negro Raúl!
—¿No sabés saludar, Negrito? —dijo Rodrigo Sáenz Taylor—. ¿Te comieron la lengua los ratones?
—Este debe ser uno que se cayó del camión jaula —agregó el “Fino” Antequera. Todos festejaron la ocurrencia con nuevas risotadas.
Pero de pronto, el involuntario convidado pareció crecer. Y sacando un vozarrón de vaya a saber dónde, exclamó: —Vengo en paz, pero si quieren guerra la van a tener. —A continuación puso lo dicho en acto, sacó un artefacto con pinta de pistola de rayos, apuntó sin mirar y que fulminó a los siete de la barra, que quedaron convertidos en patéticos montículos de ceniza antes de que nosotros atináramos a movernos.

domingo, 21 de octubre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (NUEVE: ADA INÉS LERNER)



La cima del Ku'minet
Sergio Gaut vel Hartman & Ada Inés Lerner

Cuando terminé de subir la cuesta me quedé abrazada a la roca que los nativos llaman Ju'lu, pero comprendí que ese instante maravilloso no podía ser eterno, que tenía que desplazarme, dejar que otros recibieran el don. 
—Si no somos capaces de centrar el pensamiento y las emociones en el lugar que corresponde —dijo Filander—, pronto percibiremos una extrema vulnerabilidad, una perturbación abrumadora, un mortal disgusto. —Me reí. Siempre tan filosófico, Filander. No obstante, el físico no era el único que pensaba así. Monis Gurjo, la exobióloga, me miró despectivamente y soltó todo el veneno de golpe. 
—Hay personas que no comprenden (o no pueden hacerlo por puro egoísmo) que si no se tiene cuidado de su particular sistematicidad, a estas criaturas les llegaría un conjunto de signos caóticos e inapreciables. 
—¿Es para que haga tanta alharaca, doctora Gurjo? —Ya me estaba fastidiando.
—Les preocupa poco la otredad —siguió ella, sin registrarme— el origen, el cómo y el por qué sus actitudes y enfermedades afectan al medio ambiente y a las criaturas indefensas en el universo. Estos exosistemas son y se sienten vulnerables, perturbados, ¿no lo entiende? Estas indefensas criaturas corren peligro mortal. 
—O sea que para usted, doctora Gurjo, yo soy una asesina, una egocéntrica, en fin, un ser despreciable. Y yo le digo que soy un ser humano, una criatura de Dios, a la que Ju'lu ha bendecido; me percaté al instante de mí supuesto “error”, por lo que usted me juzga sin derecho alguno.
—La filosofía —intervino oportunamente Filander— asegura que el hombre está determinado por leyes universales que lo condicionan mediante la ley de la preservación de la vida. —Y agregó—: Dejemos a Ju'lu y sus dones y descendamos de la cima del Ku'minet antes de que anochezca.
Lo que ninguno de nosotros sabía y solo averiguaríamos cuando ya fuera demasiado tarde, era que el supuesto don con el que Ju'lu nos había bendecido era una suerte de condimento, una forma de adobarnos para el pantagruélico festín que las indefensas criaturas en peligro mortal pensaban darse a nuestras expensas.

sábado, 13 de octubre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (OCHO: CLAUDIA ISABEL LONFAT)



Sombras de humo
Claudia Isabel Lonfat & Sergio Gaut vel Hartman

¾Esto es menos que nada. ¾El que hablaba, un hombre frágil de ojos claros y nariz prominente, apoyó los puños sobre la mesa y abarcó con la mirada a sus subordinados. Hacía varios días que el búnker olía a humo, sudor y flatulencias. Demasiados cigarrillos y café; el aire libre y el sol habían pasado a ser una loca ficción sin sentido; el cansancio amenazaba con demolerlos por completo.
¾Tenemos algunas conjeturas ¾opinó Ramírez tímidamente.
¾¿Qué dice? ¾O’Flannagan pareció balancearse sobre los puños como un muñeco sin piernas. Nunca entendió que hacía ese negro en el Comando de Fuerzas Tácticas Especiales.
—Podemos conjeturar —siguió Ramírez sin inmutarse— que el tipo se esconde en una choza a la vera del río. —No le temía al irlandés; sabía que tarde o temprano iba a desmoronarse. Se movía por la plata, y la plata se estaba terminando. No volverían a pagar si no había resultados.
—¡No me interesan sus conjeturas, negro de mierda! Acá necesitamos certezas, y si ellos dominan la situación debe ser porque carecemos de esas certezas, ¿me entiende?
¡Y el tipo es un rojo!
Ramírez sonrió, buscando la complicidad de sus compañeros, pero tanto Pfizer, como Vorishov y Tanaka eludieron su mirada. ¡Cobardes!, gritaron sus ojos oscuros con todo el odio que sentía atravesado en su garganta, pero al mismo tiempo, ese mismo odio lo impulsaba a calmarse. Sabía que estaba solo frente a esa bestia iracunda, y que todos temían los exabruptos de O’Flannagan, sobre todo cuando se sentía acorralado.
Se aclaró la garganta y en un acto reflejo, tocó el pequeño jopo que se había dejado; el resto del cabello había sido rapado.  El irlandés lo siguió con su típica mirada de desprecio.
—Mire, el tipo está escondido en la vera del río, porque es el único lugar seguro para él. Está entrenado para sobrevivir en el agua, a bajas temperaturas, y desde allí puede escapar nadando hacia el norte. —Esta vez se lo dijo con firmeza, fijando la vista en el jefe.
—Ya no es una conjetura… ¿no es así, Ramírez? —dijo O´Flannagan, pero esta vez no golpeó la mesa con el puño, ahora tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
Ramírez vio que un ojo de O´Flannagan estaba inyectado de sangre y le latía o tenía un tic. Su frente transpiraba en exceso y le goteaba de cada lado de la cara, incluso le caía sobre los ojos. Con suerte se moriría de un ataque al corazón, o sufriría un ACV, pensó, antes de que alguna bomba los hiciera estallar, en el mejor de los casos, o que él mismo le saltara a la yugular para degollarlo con su Bowie. No estaría bien utilizar el arma de fuego reglamentaria. 
Vorishov, Tanaka y Pfizer, seguían en silencio. Tanaka tenía las mejillas rojas, y Ramírez,  tuvo que contener las ganas de reírse a carcajadas. Tanaka parecía un boy scout. Por un lado entendía la furia de O´Flannagan, pero por otro lado, no quería convertirse en su punching ball, solo por el temita racial del irlandés. Pensó en sus años de entrenamiento, en cada guerra, cada herida, cada marca de tortura, y como pudo surfear cada peligro. Su hoja de servicio impecable fue lo que lo llevó hasta ese lugar, y ahora todo le parecía  grotesco. Ya no soportaba al viejo mercenario iracundo y de nuevo debió hacer un esfuerzo sobrehumano para no rajarle la yugular. Pero, inesperadamente, fue Vorishov quien dio un golpe de timón para modificar drásticamente el escenario.
—No sé por qué hablamos del rojo como si fuera un tipo, un ser humano. ¡Conjeturas! No me hagan reír. Ese… ser, esa criatura, o como mierda lo quieran llamar, no se esconde en la choza a la vera del río. ¡Nos está perdonando la vida! Si pasara a la ofensiva nos haría picadillo en menos tiempo del que se tarda en largar una puteada. ¿Conjeturas? ¿Quieren una conjetura mejor?
—Tranquilo —dijo O´Flannagan extendiendo el brazo, pero Vorishov se lo sacó de encima con un manotazo.
—¡Tranquilo un carajo! Mientras nosotros charloteamos como viejas, el rojo podría estar del otro lado de esa puerta, riéndose a carcajadas de nuestras pelotudeces, o lo que sea que hagan esos monstruos cuando salen de joda. Porque no les quepa la menor duda: el rojo está jugando con nosotros.
Ramírez apretó la empuñadura del Bowie como si las palabras del ruso debieran ser interpretadas literalmente. Mucho menos templados en el combate cuerpo a cuerpo, Tanaka y Pfizer palidecieron y O´Flannagan dio un puñetazo sobre la mesa. Eso fue lo último que ocurrió en la vida de todos los miembros del Comando de Fuerzas Tácticas Especiales. El rojo irrumpió en el búnker y los pulverizó usando un rayo disruptor neuronal o algo por el estilo. De lo que no estoy del todo seguro es si se reía o no.


sábado, 6 de octubre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (SIETE: DANIEL FRINI)



El desarmador de bombas
Daniel Frini & Sergio Gaut vel Hartman

El reloj digital de la bomba indica los últimos segundos. Ocho, siete, seis. El hombre se dispone a cortar el cable rojo. Cinco, cuatro, tres. Cambia de idea a último momento y con un rápido movimiento corta el verde. Dos, uno, cero. La explosión rompe los vidrios de las ventanas ubicadas a más de veinte cuadras a la redonda. Los forenses solo encuentran un incisivo y un dedo del pie del hombre. O al menos creen que eran suyos.
—De acuerdo, Wilson —dice el productor pasando el habano de cien dólares de una comisura a la otra—; usted no quiere que sea una película pochoclera y desea que su guión sea reconocido como el mejor de los últimos tiempos. Pero ahora explíqueme, ¿cómo hacemos para que el tipo se quede con la chica y, esto es lo más importante, para filmar El desarmador de bombas dos?

sábado, 29 de septiembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (SEIS: BETINA GORANSKY)



Objetos en el aire
Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman

Al finalizar cada sesión, el terapeuta se daba diez minutos para calzarse los anteojos especiales que le había fabricado el gran oftalmólogo Floreal Carballo. Con ellos podía visualizar todo tipo de traumas y conflictos, lo que le permitía seleccionar los resabios materiales que quedaban adosados al sillón, a la lámpara, a la biblioteca, al gomero. Los rastros más interesantes, sin embargo, no estaban al alcance de la mano; eran las fantasías sexuales que los pacientes no se animaban a contarle, que retenían a toda costa, que finalmente goteaban por los poros y quedaban pegados en el piso y las paredes. Cuando la sesión terminaba, estas tímidas maquinaciones se ocultaban detrás del Manual Ilustrado de Terapia Sexual de Helen Kaplan y allí permanecían hasta que, una vez a la semana, el terapeuta los atrapaba con una red de malla fina, los metía en una bolsa, y se los regalaba al dueño del sex shop de la esquina.

viernes, 21 de septiembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (CINCO: ENRIQUE TAMARIT CERDÁ)


Cirugía mayor
Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


Lemden se acercó a la ventana y contempló el lago helado. La superficie blanca se extendía a través de un espacio tan vasto que habría podido interpretarse como infinito. Miró hacia atrás y vio a Kunsen bebiendo de nuevo. Por fortuna, la tensión se había desvanecido luego de un par de botellas de vodka, y ahora solo le quedaba marcharse lo antes posible. Pero las palabras de su adversario reabrieron las heridas apenas cauterizadas.
—No la vas a olvidar como se olvida el rostro de un paciente cuyos intestinos y riñones han pasado por tus manos.
—Utilizo instrumentos, idiota —replicó el oncólogo mordiendo cada sílaba—; no opero con las manos.
Kunsen lanzó una carcajada que sonó demasiado falsa e instintivamente se ladeó un poco, como si se preparase para afrontar una reacción violenta que no llegó. No es que Lemden no sintiera el deseo de golpearlo, pero se contuvo. Volvió a mirar por la ventana. En la lejanía un pequeño rebaño de alces pareció sobresaltarse, pero no centró en ellos su atención. Se empezaba a formar una niebla que el crepúsculo teñía de anaranjado y pensó que si se demoraba no podría partir hasta la mañana siguiente. Pasar la noche en la casa con Kunsen era lo último que deseaba; aún así no se movió.
—¿Sabes una cosa, Kunsen? —dijo Lemden sin volverse. Estaba tan cerca del cristal que al hablar lo empañó con su aliento—. Lo peor de los tumores es que uno mismo los alimenta mientras los tiene alojados.
—¡Exacto! —respondió el otro—, no hay curación en sentido estricto —se le enredaba la lengua—. Todo tratamiento va encaminado a contener al intruso, a reducirlo si es posible y, en el momento propicio —eructó—, ¡extirpar! ¡No hay más solución que extirpar!
Mientras hablaba se había acercado con curiosidad hasta la ventana, junto a Lemden, pero ya no se veía nada, salvo una borrosa mancha violácea. Pegó las narices al cristal. Lemden lo observó, las cabezas casi juntas, parecía estar viendo a un niño contrariado por haberse perdido algo interesante. Oyeron aullar a los lobos.
—¿Alguna vez se te ocurrió imaginar que tú mismo te has convertido en un tumor? —Lemden notó que Kunsen se encogía sobre sí mismo, se plegaba como una manta que será guardada en un ropero al final del invierno; sí, por lo visto lo había pensado, así que machacó en caliente—. Algo así como una masa de células monstruosas que crecen y se multiplican de un modo anormal. Has infectado la realidad en la que estamos inmersos, Kunsen, y acostarte con mi mujer no ha sido sino una manifestación más de tu capacidad para proliferar como una célula cancerosa. No eres una persona sino una metástasis.
Como si la palabra hubiera operado mágicamente en el ánimo de Kunsen, el biólogo se recompuso, adelantó el cuerpo, agresivo, y limpió la mente de cualquier residuo negativo que hubiera contenido.
—Esa es la idea, Lemden: proliferar, me encanta la palabra; aspiro a meterme en los intersticios de tu vida y ocupar cada hueco vacío. Y como imaginarás Ada no es otra cosa que un órgano más que debe ser conquistado.
—Eres un estúpido, Kunsen —respondió el otro palmeándole suavemente en el hombro—, de qué poco te sirve una licenciatura que obtuviste copiando en los exámenes. —Se dirigió con calma hacia la entrada y habló de nuevo desde allí—: Deberías saber que el éxito de la enfermedad la aboca a su propio final. Por otra parte, no es en absoluto compasivo alargar una penosa agonía cuando el cáncer no tiene remedio —dijo en tono resignado mientras abría la puerta—. O dicho de otra manera, ¿nunca oíste el adagio: "muerto el perro se acabó la rabia"?
El rostro laxo de Kunsen delataba su incomprensión. Hasta que vio entrar la manada de lobos.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

CINCO METAFICCIONES



DEUDA

Catáfito, el Judío Errante para algunos, Ahasverus, el sirio, para otros, llevaba dos mil años pagando una deuda, incrementada por intereses que ya superaban el capital original. Decía la leyenda —y él no tenía cómo refutarla— que su complacencia ante el sufrimiento ajeno, schadenfreunde, según Schopenhauer, había enfurecido a Cristo: “El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás su regreso”. Y él no había dejado de esperar. Cada siglo sufría enfermedades, dolor, angustia de muerte, pero no moría; sanaba y rejuvenecía hasta tener de nuevo treinta y tres años. Veinte veces había “casi” muerto, y siempre había superado la agonía para reiniciar el ciclo. Pero esta vez sería diferente: había aprendido un truco... Moriría durante unos minutos, serían suficientes.
—¿Cuándo regresará el Hijo del Hombre? —balbuceó una vez que alcanzó el Lugar. La respuesta lo golpeó como un mazazo en el cráneo.
—El Hijo del Hombre no trabaja más aquí. No está programada la Segunda Venida, por lo menos durante los próximos dos mil años.




ALGUNAS COSAS QUE DECIR

—¿Quién se anima —susurró Bobby Fischer— a decirle al rey blanco que todo su reino es un patio de sesenta y cuatro baldosas, treinta y dos de las cuales son blancas y otras treinta y dos son negras, que comparte el espacio con un rey negro y otros treinta vagos, que su poder se limita a lo que dicta el capricho del jugador, yo, por ejemplo, y que lo más probable es que pase Navidad y Año Nuevo metido en una caja?
—¡Yo me animo y se lo digo! —exclamó a voz en cuello el rinoceronte de Ionesco.
—¿También se anima a decirle que se terminó la cerveza?




UN CASAMIENTO DE PORQUERÍA

—Se les acabó el vino —dijo Miryam, consternada.
—¿Y a nosotros qué nos importa? —respondió Yeshua, de mal modo—. Somos invitados, no los organizadores.
—Hagan lo que él diga —le dijo la mujer a los sirvientes, terca. Sabía cómo manejar a su hijo. Había seis tinajas de cien litros cada una. Yeshua suspiró resignado; no podía contradecir a su madre delante de toda esa gente.
—Llenen las tinajas de agua, hasta arriba —dijo.
—Bien hecho, hijo —dijo Miryam. Pero antes de realizar la transformación, Jesús contempló largamente a su progenitora.
—Madre, ¿no te parece mejor que convierta el agua en Coca Cola? Todos estos vagos, sin educación ni control... encima borrachos… no sé…




OTRO APOCALIPSIS

Se encuentran Adolf Hitler y Jorge Luis Borges en el Tiegarten de Berlín. El nazi, que no tiene mucha idea de quién es el escritor, empieza a hablar pestes de los judíos.
—Un momento —lo ataja Borges— usted debería tener en cuenta que el mundo es una creación de los judíos.
—¿Qué le dije? —se exalta Hitler—. ¡La sinarquía internacional! ¡La banca Rotschild! ¡Corrupción hebrea en todas partes! ¡Hay que matarlos a todos!
—Me parece que no entiende —insiste Borges mirando al führer a los ojos, ya que en este cuento el escritor ve perfectamente—: crearon el mundo; lea el Génesis, interiorícese en la Cabalah…
—¡Soy ateo! —vocifera Hitler.
—Yo también —replica Borges—. Pero nuestro ateísmo no puede evitar el enojo de Yahvé; ahora vea lo que sucede por su culpa.
En efecto: las estrellas del firmamento, que hasta entonces habían brillado con inusual intensidad, empiezan a apagarse.




HAY QUE SABER LEER

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
—¡Oh, qué horror, que asco! —exclamó una joven sentada en la primera fila—. ¡Una cucaracha! Y se trepó al asiento.
Gregor se incorporó penosamente, y tras identificar a la que había hablado, replicó.
—Señora: Kafka escribió “insecto”, no “cucaracha”. Tenga un poco de respeto por el autor y por mí mismo. En este punto del relato, antes de que cualquier descripción lo desmienta, yo podría ser un lepidóptero, un escarabeido o un himenóptero, no necesariamente un blattodeo, ¿entiende?
—Disculpe —se defendió la chica—. Es que las cucarachas me dan mucho asco.
—¡Y dale! —Gregor se dirigió a alguien situado en la página 24 y agregó—. Ya sé que no está en el texto de Kafka, Miroslav, pero ¿puede hacerme el favor de retirar a esta desubicada de la sala?

domingo, 16 de septiembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (CUATRO: ARMANDO AZEGLIO)


Última etapa
Armando Azeglio & Sergio Gaut vel Hartman


Aunque no era consciente de ello, Salomón Cohen forjó toda su vida como una extraña intersección entre ajedrez y literatura. Y siempre supo que eso podía ser una herramienta para mantenerse vivo.
En 1942, durante las gélidas noches de silencio derruido, dentro del amurallado gueto de Varsovia, mientras los nazis ocupaban la ciudad, aprendió de Pinjas Piesejovich el paulatino arte del ajedrez. Empezó con piezas de madera y terminó jugándolo con soldados alemanes. Al principio se limitó a organizar el tráfico de alimentos desde el exterior al gueto; luego organizó fugas humanas que cubría con los disparos realizados contra los germanos utilizando una ametralladora de asalto rusa que en sus manos se negaba a permanecer callada. Mientras lo hacía, repasaba en su mente la crónica de un horror que no podría ni querría olvidar.
Desembarcó en el barrio judío del Once a finales de los cuarenta; buscaba unos parientes a los que nunca encontraría, por lo que se vio obligado a vender telas para sobrevivir, llegando, una vez más, al límite, vertiginosamente. El recuerdo de lo ocurrido en Varsovia hacía insomnes sus noches. ¿Se puede conjurar el olvido cuando el dolor queda grabado en la memoria celular? Descubrió a Arlt primero, a Israel Regardie después, para abrirse al escaso placer y al mucho dolor que el nuevo país le proponía. Pensaba en Najdorf y los muertos de los campos, y la herida permanecía abierta.
La década del setenta lo sorprendió secuestrado por un escuadrón del Ejército Revolucionario del Pueblo; lo acusaban de capitalista y explotador. Cohen, sin inmutarse, pidió lápiz y papel y empezó a escribir sus memorias. Descubrió quien era el enemigo, y aunque todavía no existía el término “síndrome de Estocolmo”, empezó a sentir simpatía por sus captores. Luchaban contra el mismo monstruo que él combatió durante la guerra; solo el nombre y la forma se habían modificado. Pero no era sencillo, en cambio, alterar el pensamiento dogmático: la Revolución está primero y él no podía demostrarles que todavía era un luchador antifascista, que la venta de telas y el éxito económico no lo dejaban en la vereda equivocada.
Tal vez fue por azar, quizá un hilo suelto de la trama. Un día, mientras hurgaba en sus recuerdos para reconstruir un episodio particularmente sórdido de los tiempos del gueto, dejó que su mano dibujara libremente un tablero de ajedrez. Sesenta y cuatro casillas en perfecta simetría y un puñado de piezas que componían la intrincada posición de una partida en la que Pinjas, luego de sacrificar una torre y un alfil, lo había acorralado, como ocurría casi siempre. No obstante, aquella vez, una alarma había interrumpido el juego y Salomón tuvo la sensación de que si hubiera podido proseguir la lucha habría logrado rechazar el ataque e imponerse gracias a la superioridad material de la que disponía. Pinjas no sobrevivió a ese episodio y aquella posición había atormentado a Cohen hasta convertirse en algo obsesivo y recurrente. Fue al rememorar aquello que la configuración regresó a su mente y volvió a percutir en su cerebro de un modo tan arrollador que no advirtió que el jefe del escuadrón del ERP, al que llamaban “Comandante Rafael”, lo contemplaba en silencio, ubicado a sus espaldas... un silencio que el revolucionario rompió con una inesperada observación.
—¿Qué hubiera pasado si movía el caballo? Las blancas no podrían haberlo capturado porque la dama negra habría quedado clavada por la torre. No sólo se perdía más material sino que desaparecía la presión.
Salomón Cohen escuchó la parrafada sin girar la cabeza, pero cuando finalmente lo hizo, miró a Rafael con una mezcla de suspicacia y satisfacción.
—Es obvio que usted es un jugador de buen nivel.
—Aceptable —respondió el revolucionario encendiendo un cigarro—. Eso no lo exime de la acusación que hemos hecho.
—No, pero ahora puede permitirse ver las cosas desde otro lado, con otra perspectiva. ¿No me cree cuando le digo que combatíamos al fascismo como lo hacen ustedes y por motivos semejantes?
—Lo estamos juzgando por el aquí y ahora —agregó Rafael con dureza—, no por su maravilloso pasado. Y a pesar de que le creo, eso no cambia las cosas. Hay reglas.
—Entonces mire la partida. ¿Qué ve?
El comandante se movió con brusquedad, quedó frente a Salomón y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas; empezó a mirar el tablero dibujado desde la posición de las blancas. —Su adversario era el de las blancas, ¿verdad?
—Pinjas Piesejovich; murió peleando contra los nazis. Yo me salvé porque no me tocaba morir.
—Las negras están perdidas —dijo el comandante—. Si usted hubiese movido el caballo, la dama blanca no estaba obligada a capturarlo. Con retirarse por la diagonal dominando la columna en la que estaba el rey negro…
—¿Se da cuenta ahora?
—Pero usted creía que había una salida —protestó el comandante—, que podía ganar la partida, y eso no es cierto.
—¿Está seguro? Mire. —Cohen hizo un bollo con el papel en el que había dibujado el tablero e hizo el ademán de meterlo en la boca para comerlo—. Tampoco tenía que perderla, necesariamente. ¿Tablas? —Tendió la mano. El “Comandante Rafael”, tras vacilar un momento, sonrió y se la estrechó con firmeza.

SÁBADO CON AMIGOS (ONCE: CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR)

MUY FRÍO - Carlos Enrique Saldívar & Sergio Gaut vel Hartman La tarjeta decía: OVERWASH – REFRIGERACIÓN. Y un teléfono. Necesi...