viernes, 21 de septiembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (CINCO)


Cirugía mayor
Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman


Lemden se acercó a la ventana y contempló el lago helado. La superficie blanca se extendía a través de un espacio tan vasto que habría podido interpretarse como infinito. Miró hacia atrás y vio a Kunsen bebiendo de nuevo. Por fortuna, la tensión se había desvanecido luego de un par de botellas de vodka, y ahora solo le quedaba marcharse lo antes posible. Pero las palabras de su adversario reabrieron las heridas apenas cauterizadas.
—No la vas a olvidar como se olvida el rostro de un paciente cuyos intestinos y riñones han pasado por tus manos.
—Utilizo instrumentos, idiota —replicó el oncólogo mordiendo cada sílaba—; no opero con las manos.
Kunsen lanzó una carcajada que sonó demasiado falsa e instintivamente se ladeó un poco, como si se preparase para afrontar una reacción violenta que no llegó. No es que Lemden no sintiera el deseo de golpearlo, pero se contuvo. Volvió a mirar por la ventana. En la lejanía un pequeño rebaño de alces pareció sobresaltarse, pero no centró en ellos su atención. Se empezaba a formar una niebla que el crepúsculo teñía de anaranjado y pensó que si se demoraba no podría partir hasta la mañana siguiente. Pasar la noche en la casa con Kunsen era lo último que deseaba; aún así no se movió.
—¿Sabes una cosa, Kunsen? —dijo Lemden sin volverse. Estaba tan cerca del cristal que al hablar lo empañó con su aliento—. Lo peor de los tumores es que uno mismo los alimenta mientras los tiene alojados.
—¡Exacto! —respondió el otro—, no hay curación en sentido estricto —se le enredaba la lengua—. Todo tratamiento va encaminado a contener al intruso, a reducirlo si es posible y, en el momento propicio —eructó—, ¡extirpar! ¡No hay más solución que extirpar!
Mientras hablaba se había acercado con curiosidad hasta la ventana, junto a Lemden, pero ya no se veía nada, salvo una borrosa mancha violácea. Pegó las narices al cristal. Lemden lo observó, las cabezas casi juntas, parecía estar viendo a un niño contrariado por haberse perdido algo interesante. Oyeron aullar a los lobos.
—¿Alguna vez se te ocurrió imaginar que tú mismo te has convertido en un tumor? —Lemden notó que Kunsen se encogía sobre sí mismo, se plegaba como una manta que será guardada en un ropero al final del invierno; sí, por lo visto lo había pensado, así que machacó en caliente—. Algo así como una masa de células monstruosas que crecen y se multiplican de un modo anormal. Has infectado la realidad en la que estamos inmersos, Kunsen, y acostarte con mi mujer no ha sido sino una manifestación más de tu capacidad para proliferar como una célula cancerosa. No eres una persona sino una metástasis.
Como si la palabra hubiera operado mágicamente en el ánimo de Kunsen, el biólogo se recompuso, adelantó el cuerpo, agresivo, y limpió la mente de cualquier residuo negativo que hubiera contenido.
—Esa es la idea, Lemden: proliferar, me encanta la palabra; aspiro a meterme en los intersticios de tu vida y ocupar cada hueco vacío. Y como imaginarás Ada no es otra cosa que un órgano más que debe ser conquistado.
—Eres un estúpido, Kunsen —respondió el otro palmeándole suavemente en el hombro—, de qué poco te sirve una licenciatura que obtuviste copiando en los exámenes. —Se dirigió con calma hacia la entrada y habló de nuevo desde allí—: Deberías saber que el éxito de la enfermedad la aboca a su propio final. Por otra parte, no es en absoluto compasivo alargar una penosa agonía cuando el cáncer no tiene remedio —dijo en tono resignado mientras abría la puerta—. O dicho de otra manera, ¿nunca oíste el adagio: "muerto el perro se acabó la rabia"?
El rostro laxo de Kunsen delataba su incomprensión. Hasta que vio entrar la manada de lobos.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

CINCO METAFICCIONES



DEUDA

Catáfito, el Judío Errante para algunos, Ahasverus, el sirio, para otros, llevaba dos mil años pagando una deuda, incrementada por intereses que ya superaban el capital original. Decía la leyenda —y él no tenía cómo refutarla— que su complacencia ante el sufrimiento ajeno, schadenfreunde, según Schopenhauer, había enfurecido a Cristo: “El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás su regreso”. Y él no había dejado de esperar. Cada siglo sufría enfermedades, dolor, angustia de muerte, pero no moría; sanaba y rejuvenecía hasta tener de nuevo treinta y tres años. Veinte veces había “casi” muerto, y siempre había superado la agonía para reiniciar el ciclo. Pero esta vez sería diferente: había aprendido un truco... Moriría durante unos minutos, serían suficientes.
—¿Cuándo regresará el Hijo del Hombre? —balbuceó una vez que alcanzó el Lugar. La respuesta lo golpeó como un mazazo en el cráneo.
—El Hijo del Hombre no trabaja más aquí. No está programada la Segunda Venida, por lo menos durante los próximos dos mil años.




ALGUNAS COSAS QUE DECIR

—¿Quién se anima —susurró Bobby Fischer— a decirle al rey blanco que todo su reino es un patio de sesenta y cuatro baldosas, treinta y dos de las cuales son blancas y otras treinta y dos son negras, que comparte el espacio con un rey negro y otros treinta vagos, que su poder se limita a lo que dicta el capricho del jugador, yo, por ejemplo, y que lo más probable es que pase Navidad y Año Nuevo metido en una caja?
—¡Yo me animo y se lo digo! —exclamó a voz en cuello el rinoceronte de Ionesco.
—¿También se anima a decirle que se terminó la cerveza?




UN CASAMIENTO DE PORQUERÍA

—Se les acabó el vino —dijo Miryam, consternada.
—¿Y a nosotros qué nos importa? —respondió Yeshua, de mal modo—. Somos invitados, no los organizadores.
—Hagan lo que él diga —le dijo la mujer a los sirvientes, terca. Sabía cómo manejar a su hijo. Había seis tinajas de cien litros cada una. Yeshua suspiró resignado; no podía contradecir a su madre delante de toda esa gente.
—Llenen las tinajas de agua, hasta arriba —dijo.
—Bien hecho, hijo —dijo Miryam. Pero antes de realizar la transformación, Jesús contempló largamente a su progenitora.
—Madre, ¿no te parece mejor que convierta el agua en Coca Cola? Todos estos vagos, sin educación ni control... encima borrachos… no sé…




OTRO APOCALIPSIS

Se encuentran Adolf Hitler y Jorge Luis Borges en el Tiegarten de Berlín. El nazi, que no tiene mucha idea de quién es el escritor, empieza a hablar pestes de los judíos.
—Un momento —lo ataja Borges— usted debería tener en cuenta que el mundo es una creación de los judíos.
—¿Qué le dije? —se exalta Hitler—. ¡La sinarquía internacional! ¡La banca Rotschild! ¡Corrupción hebrea en todas partes! ¡Hay que matarlos a todos!
—Me parece que no entiende —insiste Borges mirando al führer a los ojos, ya que en este cuento el escritor ve perfectamente—: crearon el mundo; lea el Génesis, interiorícese en la Cabalah…
—¡Soy ateo! —vocifera Hitler.
—Yo también —replica Borges—. Pero nuestro ateísmo no puede evitar el enojo de Yahvé; ahora vea lo que sucede por su culpa.
En efecto: las estrellas del firmamento, que hasta entonces habían brillado con inusual intensidad, empiezan a apagarse.




HAY QUE SABER LEER

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
—¡Oh, qué horror, que asco! —exclamó una joven sentada en la primera fila—. ¡Una cucaracha! Y se trepó al asiento.
Gregor se incorporó penosamente, y tras identificar a la que había hablado, replicó.
—Señora: Kafka escribió “insecto”, no “cucaracha”. Tenga un poco de respeto por el autor y por mí mismo. En este punto del relato, antes de que cualquier descripción lo desmienta, yo podría ser un lepidóptero, un escarabeido o un himenóptero, no necesariamente un blattodeo, ¿entiende?
—Disculpe —se defendió la chica—. Es que las cucarachas me dan mucho asco.
—¡Y dale! —Gregor se dirigió a alguien situado en la página 24 y agregó—. Ya sé que no está en el texto de Kafka, Miroslav, pero ¿puede hacerme el favor de retirar a esta desubicada de la sala?

domingo, 16 de septiembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (CUATRO)


Última etapa
Armando Azeglio & Sergio Gaut vel Hartman


Aunque no era consciente de ello, Salomón Cohen forjó toda su vida como una extraña intersección entre ajedrez y literatura. Y siempre supo que eso podía ser una herramienta para mantenerse vivo.
En 1942, durante las gélidas noches de silencio derruido, dentro del amurallado gueto de Varsovia, mientras los nazis ocupaban la ciudad, aprendió de Pinjas Piesejovich el paulatino arte del ajedrez. Empezó con piezas de madera y terminó jugándolo con soldados alemanes. Al principio se limitó a organizar el tráfico de alimentos desde el exterior al gueto; luego organizó fugas humanas que cubría con los disparos realizados contra los germanos utilizando una ametralladora de asalto rusa que en sus manos se negaba a permanecer callada. Mientras lo hacía, repasaba en su mente la crónica de un horror que no podría ni querría olvidar.
Desembarcó en el barrio judío del Once a finales de los cuarenta; buscaba unos parientes a los que nunca encontraría, por lo que se vio obligado a vender telas para sobrevivir, llegando, una vez más, al límite, vertiginosamente. El recuerdo de lo ocurrido en Varsovia hacía insomnes sus noches. ¿Se puede conjurar el olvido cuando el dolor queda grabado en la memoria celular? Descubrió a Arlt primero, a Israel Regardie después, para abrirse al escaso placer y al mucho dolor que el nuevo país le proponía. Pensaba en Najdorf y los muertos de los campos, y la herida permanecía abierta.
La década del setenta lo sorprendió secuestrado por un escuadrón del Ejército Revolucionario del Pueblo; lo acusaban de capitalista y explotador. Cohen, sin inmutarse, pidió lápiz y papel y empezó a escribir sus memorias. Descubrió quien era el enemigo, y aunque todavía no existía el término “síndrome de Estocolmo”, empezó a sentir simpatía por sus captores. Luchaban contra el mismo monstruo que él combatió durante la guerra; solo el nombre y la forma se habían modificado. Pero no era sencillo, en cambio, alterar el pensamiento dogmático: la Revolución está primero y él no podía demostrarles que todavía era un luchador antifascista, que la venta de telas y el éxito económico no lo dejaban en la vereda equivocada.
Tal vez fue por azar, quizá un hilo suelto de la trama. Un día, mientras hurgaba en sus recuerdos para reconstruir un episodio particularmente sórdido de los tiempos del gueto, dejó que su mano dibujara libremente un tablero de ajedrez. Sesenta y cuatro casillas en perfecta simetría y un puñado de piezas que componían la intrincada posición de una partida en la que Pinjas, luego de sacrificar una torre y un alfil, lo había acorralado, como ocurría casi siempre. No obstante, aquella vez, una alarma había interrumpido el juego y Salomón tuvo la sensación de que si hubiera podido proseguir la lucha habría logrado rechazar el ataque e imponerse gracias a la superioridad material de la que disponía. Pinjas no sobrevivió a ese episodio y aquella posición había atormentado a Cohen hasta convertirse en algo obsesivo y recurrente. Fue al rememorar aquello que la configuración regresó a su mente y volvió a percutir en su cerebro de un modo tan arrollador que no advirtió que el jefe del escuadrón del ERP, al que llamaban “Comandante Rafael”, lo contemplaba en silencio, ubicado a sus espaldas... un silencio que el revolucionario rompió con una inesperada observación.
—¿Qué hubiera pasado si movía el caballo? Las blancas no podrían haberlo capturado porque la dama negra habría quedado clavada por la torre. No sólo se perdía más material sino que desaparecía la presión.
Salomón Cohen escuchó la parrafada sin girar la cabeza, pero cuando finalmente lo hizo, miró a Rafael con una mezcla de suspicacia y satisfacción.
—Es obvio que usted es un jugador de buen nivel.
—Aceptable —respondió el revolucionario encendiendo un cigarro—. Eso no lo exime de la acusación que hemos hecho.
—No, pero ahora puede permitirse ver las cosas desde otro lado, con otra perspectiva. ¿No me cree cuando le digo que combatíamos al fascismo como lo hacen ustedes y por motivos semejantes?
—Lo estamos juzgando por el aquí y ahora —agregó Rafael con dureza—, no por su maravilloso pasado. Y a pesar de que le creo, eso no cambia las cosas. Hay reglas.
—Entonces mire la partida. ¿Qué ve?
El comandante se movió con brusquedad, quedó frente a Salomón y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas; empezó a mirar el tablero dibujado desde la posición de las blancas. —Su adversario era el de las blancas, ¿verdad?
—Pinjas Piesejovich; murió peleando contra los nazis. Yo me salvé porque no me tocaba morir.
—Las negras están perdidas —dijo el comandante—. Si usted hubiese movido el caballo, la dama blanca no estaba obligada a capturarlo. Con retirarse por la diagonal dominando la columna en la que estaba el rey negro…
—¿Se da cuenta ahora?
—Pero usted creía que había una salida —protestó el comandante—, que podía ganar la partida, y eso no es cierto.
—¿Está seguro? Mire. —Cohen hizo un bollo con el papel en el que había dibujado el tablero e hizo el ademán de meterlo en la boca para comerlo—. Tampoco tenía que perderla, necesariamente. ¿Tablas? —Tendió la mano. El “Comandante Rafael”, tras vacilar un momento, sonrió y se la estrechó con firmeza.

jueves, 13 de septiembre de 2018

FELTÉTELES ARGENTÍNA, A MÚLTBÓL A JÖVÖ FELÉ


Este es el ensayo que preparé para el número especial de la revista GALAKTIKA dedicado a la narrativa conjetural argentina. La traducción podría ser: "Argentina conjetural, del pasado al futuro.



Feltételes Argentína, a múltból a jövö felé
Sergio Gaut vel Hartman


La nota introductoria a una antología de cuentos argentinos de ficción especulativa debe, antes que nada, clarificar algunos conceptos. ¿Existe algo que podamos denominar “ficción especulativa argentina”? Se han intentado muchas respuestas, algunas de las cuales se alinean en el bando del “sí” y otras tantas en el del “no”. Por lo pronto, existe un acervo propio, creado a partir de iniciativas individuales y espontáneas que responde a la pregunta con hechos, con obras. Sin embargo, ¿qué lastimoso pudor nos obliga a acurrucarnos bajo el ala generosa de «lo fantástico», obteniendo el favor de la «corriente general» y evitando ser catalogados como una especia de bandoleros, salteadores de caminos de la literatura? Por otra parte, y dejando de lado toda reserva, ¿qué compulsiva fidelidad nos liga a un rótulo anglosajón que designa a un género literario que tuvo sus orígenes en la ciencia ficción cuando en nuestro inventario contamos con predecesores como Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares?
No tengo una respuesta, por lo menos no tengo una única respuesta. Pero sí puedo señalar un hecho grabado a fuego: aquellos que nos formamos leyendo sf anglosajona ya habíamos perdido la pureza el día que nos sentamos a escribir ficción por primera vez. Esa pureza perdida (o la mestización a la fuerza) ha dictado las normas de nuestro modo de escribir sin deliberaciones o reflexiones. Hubo un momento de auge en la década de 1980 con fanzines (Sinergia, Cuasar, Nuevomundo) cuando a la sombra de algunas revistas profesionales (El péndulo, Minotauro y Pársec) nació y sobrevivió durante algunos años el Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía. Fue por entonces que una editorial «seria», de origen universitario, Eudeba, recogió en una antología crítica a diez autores (seis de los cuales pueden considerarse productos de una misma generación) lo que indica que lícito hablar de «fenómeno».
Tal vez no sea fácil reparar en la sutil diferencia que hay entre hacer lo que hacemos «desde este lado» o desde la corriente general; al menos no es categórico. Pero el mencionado fenómeno forma su propio territorio, y observando el material producido en ese lapso, se pone de relieve que las reglas surgieron casi por generación espontánea.
En su artículo «La ciencia ficción y los argentinos» (revista Minotauro Nº 10, abril de 1985) dice el profesor Pablo Capanna: «En general, los autores cultivan una literatura fantástica no tradicional, que linda con la ciencia ficción, la atraviesa y sale libremente de su ámbito, con escasa presencia del elemento científico-tecnológico (...) Quizás el rasgo más común sea que nuestros autores no hacen ciencia ficción a partir de la ciencia, como ocurre en los países industriales donde reina la ciencia ficción y en cuyo mundo espiritual importan las convenciones y los mitos del genero.»
Para Marcial Souto, compilador de La ciencia ficción en la Argentina (Antología crítica), Eudeba, Bs. As., 1985, director de la revista Minotauro y de la colección Minotauro-argentina, hay un conjunto de abordajes posibles. En la Introducción de la antología que acabo de citar, dice: «Algunos autores ven el genero como una manera de especular sobre el funcionamiento y el sentido del inmenso universo que la ciencia ficción nos ha revelado en los últimos siglos (...) Otros ven la ciencia ficción como un instrumento que nos permite imaginar con flexibilidad caminos posibles para nuestra civilización.»
De todos modos los temas clásicos, tal vez digeridos y metabolizados a través de experiencias personales (en los últimos años inclusive traumáticas), se presentan en el cuerpo de esta literatura, por lo menos en Argentina, y tal vez en otros países de América Latina, formando una espiral ascendente. Hay realidades contiguas, extrapolaciones de la cruda violencia urbana, fábulas donde la cordura es llevada hasta su límite entrópico, o la locura vuelta del revés, como un guante. Hay corrupciones, disecciones, irrupciones, violaciones, exploraciones y proyecciones de los sueños —ese mundo onírico tan caro a la fantasía y el surrealismo— pero procesados mediante filtros ópticos y acústicos fabricados en Buenos Aires, Rosario o Córdoba, las urbes más populosas de Argentina. Y también hay naves espaciales, invasores del espacio exterior y algunos robots, claro, las excepciones imprescindibles para confirmar la regla...
Pagamos todas nuestras deudas. Con la ciencia ficción anglosajona celebrando sus convenciones. Con los ilustres escritores nacionales que nos precedieron tratando de escribir cada día un poco mejor. Con los editores vendiendo nosotros mismos los libros para que no pierdan dinero. Con los lectores firmando promesas de un género «hard» que nadie, en estos suburbios, parece capaz de cumplir.
Un crítico local dijo, en una charla de bar, que la ciencia ficción argentina era un animal imaginario producto de la mente acalorada de un puñado de lectores, editores y escritores. Puestos a discutir la cuestión resultó que dicho crítico estaba bastante cerca de la verdad. Se ha escrito ciencia ficción en la Argentina en forma más o menos regular desde hace casi un siglo y medio, pero es un empeño destinado al fracaso el intentar descubrir un hilo conductor que enlace las obras producidas de generación en generación. El hito inicial está marcado por Viaje maravilloso del señor Nic-Nac al planeta Marte, en el que se refieren las prodigiosas aventuras de este señor y se dan a conocer las instituciones, costumbres y preocupaciones de un mundo desconocido. Se trata de una novela que podemos denominar de “fantasía espiritista”, que fue escrita por Eduardo Ladislao Holmberg (él mismo la califica de ese modo) y publicada en doce entregas semanales entre noviembre de 1875 y febrero de 1876.
Sin embargo, la ciencia ficción argentina ha sido un producto casi casual, para nada consciente, hasta hace unas pocas décadas. Y a pesar de que algunos autores consagrados se atrevieron a rozar sus temas y convenciones, siempre se movió por los márgenes de la corriente principal de la literatura sin lograr conformar un espacio propio, por lo menos ante los ojos despiadados de los críticos de los suplementos literarios. Es posible que Quiroga o Borges hayan escrito ficciones que podríamos enmarcar como ficción especulativa o narrativa conjetural, una expresión que el propio autor de “El Aleph” tomó del francés Pierre Versins para utilizarla en una de sus obras liminares, el “Poema conjetural”. Después de todo, conjeturar es lo que todos hacemos al escribir ficciones. No solo conjeturamos que una nave podría viajar a la velocidad de la luz hacia Alpha Centauro o que un sabio loco estaría construyendo una máquina del tiempo en el sótano de su casa, también conjeturamos cuando completamos los hechos conocidos con los imaginarios. Jamás sabremos qué hablaron Atila, el prefecto Trigecio, el cónsul Avieno y el papa León I, pero podemos conjeturar y tejer una trama en torno a esa reunión. Esa es la clase de conjetura que ha permitido vincular a los grandes escritores ya mencionados con las sucesivas camadas de creadores que constituyen el cuerpo de la narrativa especulativa argentina. La aparición de la revista Más Allá en la década de 1950; la colección de libros de Minotauro en esa misma década y la revista del mismo nombre dirigida por Francisco Porrúa en la siguiente; la influencia de la publicación española Nueva dimensión a partir de 1970 y la marea de actividad con la aparición de las revistas, fanzines y colecciones de libros en la década de 1980, una vez vencida la dictadura genocida y recuperada la democracia, cierran la prehistoria del género en Argentina y abren una nueva era. De todos modos es posible que la bisagra de estos dos aspectos o fases de la ficción especulativa argentina esté indicado por una obra liminar que no es una novela ni una colección de cuentos: El Eternauta, una historieta o comic publicada por entregas. Con guión de Héctor Germán Oesterheld, y dibujada en primera instancia por Francisco Solano López, esta vigorosa narración en la que una especie extraterrestre invade la Tierra y se ensaña con nuestro país, “entregado” a los invasores por las potencias centrales, resulta especialmente valiosa porque presenta una lección de resistencia ambientada en lugares cotidianos y reconocibles, y llevada a cabo por hombres comunes y corrientes, no la clase de súper héroes o salvadores providenciales a los que trataron de acostumbrarnos las editoriales norteamericanas de comics. El Eternauta y Oesterheld marcaron con intensidad al género y la obra sirvió para establecer una suerte de fusión entre las ficciones “serias” de los autores de la corriente principal y los nuevos escritores que probaron sus armas a partir de ese momento.  No fue esa la única incursión de Oesterheld en el campo de la ficción especulativa, ya que en el pasado había codirigido la mítica revista Más Allá (1953-1957, 48 números) y luego Géminis, una publicación efímera de 1965. Además de varios guiones para historietas vinculadas a la ciencia ficción, Oesterheld escribió un puñado de cuentos y una novelización de El Eternauta, que quedó incompleta. Al principio de la década de 1970 la segunda parte de El Eternauta fue publicada en la revista Skorpio, otra vez dibujada por Solano López. Durante 1976, Oesterheld fue secuestrado por la dictadura militar argentina y se presume que fue asesinado en 1977.
Este posicionamiento en el punto de inflexión que marcó El Eternauta nos permite impulsarnos hacia el pasado remoto y pasar una rápida revista a los antecesores del género en Argentina. Los ejemplos más tempranos son “Delirio” (1816), de Antonio José Valdés, un raro relato de proto ciencia ficción; “Argirópolis” (1850), del escritor, estadista y luego presidente de la república Domingo Faustino Sarmiento, es una narración utópica que le sirve al autor para explorar sus ideales liberales. Juana Manuela Gorriti, por su parte, escribió el primer cuento en el que se especula sobre un tema científico: “Quien escucha, su mal oye” (1865), un texto que aborda el mesmerismo, un asunto que aparece en muchas ficciones románticas europeas. A esta sorprendente autora, que bien puede ser considerada la iniciadora de la literatura fantástica argentina, se deben los dos volúmenes que integran Sueños y realidades, en cuyos cuentos están contenidos algunos de los argumentos y enfoques que influirían en los autores de finales del siglo XIX y comienzos del XX. No obstante, y como ya señalé, es Holmberg y su Viaje maravilloso del señor Nic-Nac… quien determinaría el camino a seguir por aquellos escritores capaces de resistir los cantos de sirena del romanticismo para internarse en las más áridas geografías del racionalismo. Por esos tiempos, en Argentina se vigorizó el desarrollo de políticas progresistas que, en el campo cultural dio lugar a la aparición de una fuerte corriente positivista que sirvió de vehículo para la construcción de una literatura de ciencia ficción. Es en este contexto que se inscriben las demás obras de Holmberg, entre las que se destacan el cuento “Horacio Kalibang o los autómatas”, de 1879, y una curiosa utopía política: Olimpio Pitango de Monalia, inédita hasta 1994.
Ya entrado el siglo XX aparece la primera obra significativa: Las fuerzas extrañas (1906), de Leopoldo Lugones, un escritor que luego sería reconocido en especial por su obra poética. En esta colección de cuentos, el escritor explora las ciencias “verdaderas” a la par de “paraciencias” como el ocultismo, el magnetismo, la teosofía, la parapsicología. Se trata de un desordenado y caótico conjunto de historias en las que las ideas se imponen a las tramas y los personajes. En esa misma época, el autor uruguayo-argentino Horacio Quiroga publica ficciones de corte fantástico y especulativo como “El mono que asesinó” (1909) o “El hombre artificial”, una línea de trabajo que sería abandonada en beneficio de trabajos de inclinación naturalista, aunque en 1935, el último libro de Quiroga sería Más allá, una colección de cuentos que la crítica desmereció injustamente, alegando un retroceso del autor a temas de la etapa inicial de su carrera. Pero se trata de una valoración injusta, ya que algunos de los relatos contenidos en el volumen se cuentan entre los más logrados del escritor, como por ejemplo “Más allá”, “El vampiro”, “El llamado” y “El ocaso”.
Por esa misma época, Adolfo Bioy Casares, tras publicar cuatro libros que más tarde repudiaría, escribió La invención de Morel (1940), considerada por muchos críticos como la novela más importante de la ciencia ficción argentina. Narrada con sencillez, esta obra nos presenta a un personaje que escapa de una persecución cuyo motivo desconoce y busca refugio en una isla que supone desierta. Ya ha sido advertido acerca de que quienes arriben a la isla estarán expuestos a una misteriosa enfermedad mortal, pero no obstante ello la encuentra habitada por un grupo de personas, entre los que se cuenta el misterioso doctor Morel, y una seductora joven llamada Faustine. El modo en que Bioy Casares resuelve el misterio es brillante, por lo que mereció que Jorge Luis Borges la considerara perfecta. Bioy Casares continuó escribiendo obras de ficción especulativa durante las siguientes cinco décadas de su vida. Sería imposible nombrarlas a todas en el espacio de este ensayo, por lo que me limitaré a mencionar algunas de las más significativas. “Plan de evasión” (1945), “El perjurio de la nieve” (1945), “La trama celeste” (1948), “El calamar opta por su tinta” (1967).
En cambio no resulta tan fiable determinar qué parte de la obra de Jorge Luis Borges puede ser considerada ficción especulativa. Sí es factible asegurar que la tendencia del autor de “El Aleph”, quién parecía regocijarse bordeando los géneros sin sumergirse por completo en ellos, sumado a la ambigüedad plasmada en sus cuentos, me permite afirmar que estamos ante el más perfecto ejemplo de lo que me gusta denominar narrativa conjetural. Si Oesterheld es el punto de inflexión fáctico de la ciencia ficción argentina, Borges toma su lugar en el punto de inflexión conceptual. Es imposible articular las tendencias, formatos y perspectivas prescindiendo de su influencia sobre los escritores que lo sucedieron. En este territorio se sitúan sus cuentos “Utopía de un hombre que está cansado”, “Funes el memorioso”, “El milagro secreto”, “El inmortal” e incluso “El Aleph”, ya que si bien estamos ante aproximaciones narrativas que orillan lo filosófico, no cabe duda de que los temas están firmemente emparentados con la ficción especulativa.
En este punto los lectores tendrán que permitirme un desliz hacia mi historia personal. He convivido con la ciencia ficción durante sesenta años, aunque ya mencioné al principio de este ensayo que no es una denominación que me haga feliz; no importa: seguiré usando el término porque más allá de los matices todos sabemos de qué hablo.
Hacía muy poco que había comenzado a leer, allá por 1957, cuando llamaron mi atención los libros de una colección llamada “Robin Hood del Espacio” que editaba ACME en Buenos Aires. Me impresionaron en particular las obras juveniles de Arthur C. Clarke, Raymond F. Jones y Donald A. Wollheim, por lo que traté de encontrar libros similares. Ahí nació mi interés por el género. Descubrí que había existido una revista, Más Allá, editada entre 1953 y 1957, que en Argentina Francisco Porrúa dirigía la colección “Minotauro” y que en España E.D.H.A.S.A. publicaba novelas y colecciones de cuentos bajo el sello “Nebulae”. No lo podía creer. Al alcance de mi mano, aunque no de mi bolsillo, se ofrecía el universo entero; miles de planetas habitados por especies inteligentes, y de las otras, viajes en el tiempo, robots, mutantes… Digo que no estaban al alcance de mi bolsillo porque esos libros eran caros para un niño, y que los ejemplares usados de Más Allá habitaban un mercado secundario de cuya existencia no tenía noticias. Pero sí podía comprar por monedas las novelitas “baratas” que editaban Editorial Valenciana y Ediciones Toray en España.
Esta tediosa introducción solo tiene por objetivo explicar por qué vía llegué a Crónicas marcianas, El fin de la infancia, Más que humano y Hacedor de estrellas, por citar algunas de las novelas que me marcaron más profundamente y me lanzaron de cabeza a explorar los mundos alternativos que ofrecía la ficción. Tanto las novelas juveniles como los pulps de la serie “B” alimentaron mi imaginación hasta el punto que pronto no deseé otra cosa que ser primero lector y luego escritor de “ciencia ficción”. Pero la pregunta central es ¿por qué sentía, a tan temprana edad, la necesidad de visitar “mundos alternativos”, no me alcanzaba con este, el que habitamos, real y concreto?
Tal vez la respuesta haya que buscarla en una cuestión de contexto y formación. Nací y crecí en un hogar en el que la religión no ocupaba ningún espacio, aunque desde otro lado, es evidente que los seres humanos necesitamos respuestas a una serie de interrogantes que tienen que ver con la trascendencia, el universo y todo lo demás. En libertad para elegir la vía por la que era posible acceder a esas respuestas, considero que elegí la literatura, en especial la ficción y más concretamente las formas especulativas de la ficción, que por entonces nadie denominaba de otro modo que ciencia ficción o ficción científica.
Es posible que mi condición de autor de ficciones, que se superpone a la de ensayista, arrinconándola, me impulse a ser un poco menos sistemático de lo que debería. Pero no puedo evitar que el entusiasmo, la pasión, inclusive, se cuele por los intersticios de mi experiencia. Descubrí a Olaf Stapledon y sus infinitos mundos posibles y comprendí que Baruch Spinoza, José Ingenieros y Theodore Sturgeon pueden viajar en la misma nave rumbo al infinito.  
Ha corrido mucha agua bajo los puentes desde entonces, y no tiene sentido detenerse en lo que podríamos designar como “mi trayectoria literaria”. Pero sí es consistente tomar como punto de partida mi condición de “testigo” de la evolución de esta forma de ficción.
Alguna vez, hace casi treinta años, escribí un artículo para un boletín español denominado Gigamesh. Se publicó en el número 3 y se llamaba “Ciencia Ficción en la Argentina: Nuestro propio camino”. En él trataba de examinar el fenómeno vivido por los amantes de la literatura fantástica a partir del nacimiento de la revista El Péndulo y la puesta en marcha de un movimiento cuyo empuje inicial duraría un lustro, aunque lo que se sembró entonces siguiera dando frutos en los años siguientes. Por entonces escribí: “...los argentinos solo podemos aplaudir o censurar un desarrollo tecnológico que no nos puede mejorar o castigar más que otras cosas”. Ese parece ser el problema. La línea divisoria la trazaba nuestra relación con la ciencia. A uno y otro lado de esa imaginaria cisura se alineaban los escritores, vacilando entre el flanco utópico, que imaginaba futuros espléndidos, en los que serían doblegados los males endémicos de nuestros países y el costado antiutópico o distópico, que dibujaba escenarios desolados y horrorosos, consecuencia directa de nuestros propios errores o de la indiferencia, el cinismo y la brutalidad de los poderosos de turno. En los dos casos se trataba de describir como se reacciona a los coletazos de la ciencia y la tecnología, al efecto de segunda instancia, ya que no sería verosímil arrogarnos un protagonismo en ese plano. ¿Qué le queda a una ciencia ficción sin ciencia? La respuesta es simple: convertirse en ficción especulativa, en narrativa conjetural. La producción de mundos alternativos nace de la confluencia entre lo que sabemos y lo que somos capaces de imaginar como un desarrollo que recibe un impacto inesperado.
Podría seguir avanzando en la misma dirección y recoger al paso una apreciación casi única: no hay escuelas o tendencias en sentido estricto, sino búsquedas. Búsquedas formales y temáticas, experimentos con materiales y formas propias o adquiridas, da lo mismo. Tratar de hallar una síntesis que unifique los hilos que nacen en la lectura del material, principalmente anglosajón, y se proyectan a través de la subjetividad del escritor para salir por el otro extremo plasmadas en obras personales, es casi un despropósito. La única síntesis posible es... que cada escritor es un mundo, un mundo alternativo, propio e intransferible. Indagando en las motivaciones, más que en los resultados, tal vez podríamos erigir una construcción artificial que explicara la mayoría de las tendencias. Pero en ese caso, lo que quedaría afuera sería tan original que invalidaría la síntesis. Las posibilidades abiertas a partir de las propias pulsiones ofrecen un campo más fértil que cualquier sesgo imitativo, amparado en la creencia de que “así será más fácil publicar”. Pero los editores publican lo que hay. Bien, entonces es hora de decir de una buena vez qué hay...
Empecemos por algo próximo. Dos novelas argentinas escritas en el nuevo milenio, Fábulas invernales, de Carlos Gardini, y Plop, de Rafael Pinedo, permiten una interesante aproximación. Gardini, como en varias de sus novelas anteriores, ofrece un libro que se escribe a sí mismo. Usando palabras conocidas, pero combinándolas de un modo no habitual, logra crear una trama y un escenario de hechos, pasiones y actos alterados. Hay vampiros y sirenas; un mar cuyas aguas se abren al paso de unos y ahogan a otros; está Jonás, el de la ballena, hay referencias a Nínive, La Tempestad, de William Shakespeare y a “Dios Microcósmico”, el cuento de Theodore Sturgeon, pero todas las imágenes se muestran en un espejo aberrante que distorsiona lo real y nos mete de lleno en lo alternativo. Y en este caso, el mundo alternativo es bien diferente al nuestro.
Plop, en cambio (y cito un comentario propio que apareció en la contratapa de la edición argentina) “es una novela rara. Y no tanto porque utilice elementos o esquemas experimentales, sino porque Rafael Pinedo construyó esta historia de desesperada supervivencia con los mismos materiales de desecho que pueden encontrarse en cualquier novela post apocalíptica, pero rearmándolos con una energía, una precisión y una saña de las que no abundan”.
Si queríamos factores comunes que singularizaran la producción argentina en lo que a la construcción de mundos alternativos se refiere, aquí hay uno, muy definido: los mismos materiales, sobras, mitos, rezagos, rémoras, circunstancias o ingredientes que pueden descubrirse en cualquier novela del género, se reciclan, se rearman y, puestos en función de la trama, aparecen sirviendo a otros propósitos. Corramos el riesgo y veamos si los ejemplos se ajustan a la teoría.
En una antología que compilé: Mañanas en sombras (Desde la Gente, 2005), utilicé como eje temático la distopía, cuentos pesimistas, futuros negros, bien negros. Es cierto es que los cuentos no fueron escritos especialmente para antología, pero eso, a esta altura de la cuestión, es irrelevante, ya que los participantes cumplieron con los requisitos para hacer que el libro fuera rigurosamente temático. Horacio Moreno, un agudo crítico, director en su momento de la revista Neuromante, desmenuzó el conjunto en Samizdat y extrajo su propio juego de rasgos. “Carlos Gardini (...) trabaja materiales que todos los días pueden atisbarse en los periódicos locales. (...) Fabio Ferreras, realiza una exacta proyección de una Argentina futura en la que se han cumplido algunas de nuestras peores pesadillas (...) los resquicios, las entrelíneas de lo que vivimos o consumimos todos los días, son una materia prima de excelsa calidad para imaginar posibles devenires. (...) Fernando de Giovanni (...) construye un mundo del mañana que realmente asusta, que reciclando algunas ideas clásicas y ya vistas ofrece un panorama aterrador de lo que bien podría ser un cuadro preciso del mañana”.
He sacado de contexto algunas apreciaciones de Moreno y pido disculpas al autor y a los lectores por ello. Me interesaba resaltar las líneas que justifican la apreciación anterior acerca de que una ficción especulativa hispanoamericana escrupulosa de sus recursos buceará antes en los propios miedos que en miedos ajenos y usara sus propias ruinas, si hiciera falta, para construir la nueva casa.
Puestos a transitar este camino, no resulta desatinado explorar ejemplos recientes de la actividad de los escritores de la región, esbozar los resultados y sacar algunas conclusiones.
Dejando de lado la polémica que genera determinar si los mundos alternativos creados están o no en zona de ficción “científica” o si, por el contrario, se necesita un paraguas más amplio para cobijar las obras, el que brinda, por ejemplo, la narrativa conjetural, veremos que el interés de los escritores por las formas que permiten revisar el pasado para entender el presente y proyectar el futuro, aunque sea en sus expresiones mínimas, nos conduce inexorablemente a la ucronía y la ficción histórica.
Pero la ficción histórica o la ucronía no agotan la paleta de colores de la que disponen los autores a la hora de elegir enfoques y trayectorias que les permitan internarse en mundos alternativos. Los mitos y costumbres locales son una fuente de temas fascinante. Se pueden utilizar con criterios especulativos o fantásticos, sin que importe demasiado. Fernando José Cots, en “Obertura para dioses locos” exploró un tema afín a los mitos lovecraftianos... pero localizados en las sierras de Córdoba, Argentina. En “Algo en el lago”, el joven escritor argentino Andrés Diplotti utiliza una leyenda del sur argentino con ciertas reminiscencias de las que sostienen la existencia de un monstruo en un lago de Escocia.
¿Cómo incide este cuerpo de ficciones en lo que llamamos fandom, la masa de lectores aficionados a leer este tipo de literatura? Es tanto lo que se escribe, es tanto lo que hay para leer que el fandom está desbordado, saturado. La expansión de recursos supera ampliamente la demanda de material de lectura. Es por ello que la industria editorial, que había demostrado una vitalidad inusual si se la compara con años anteriores, está midiendo sus pasos, lo que se refleja tanto en las tiradas como en la cantidad de títulos que se edita.
La revolución es Internet... y el problema también. La posibilidad de editar en formato electrónico acelera la exposición de los escritores y proporciona salida a sus trabajos con una frecuencia antes impensable. Entre 1970 y 1982, Nueva Dimensión me publicó cinco cuentos... y no es una mala puntuación. Pero hoy la relación entre el fandom (aunque se trate de un fandom virtual) y el escritor es más estrecha. Como aficionado yo no tuve en los setentas la posibilidad de estar en contacto con Francisco Porrúa o Domingo Santos. Hoy los editores participan en las listas de afinidad y en las redes sociales o por lo menos las leen.
No obstante, cuando dije que la revolución es Internet y el problema también, no me estaba refiriendo a un problema insoluble. El libre juego interactivo entre las publicaciones en papel (fanzines en la década de 1980) y electrónicas y otra vez al papel (en antologías, por ejemplo), al relacionar estrechamente a escritores y lectores del área lingüística “Ñ”, hemos descubierto, una vez más, los beneficios de la sinergia... Al poner en acción esos mecanismos, nuestras problemáticas, aunque distintas, se revelaron afines, y fueron justamente las diferencias de enfoque y estilo las que nos prepararon para conocer lo que hacen los otros, advirtiendo que tenemos temores y enemigos comunes, a los que hasta ahora habíamos enfrentado sin coordinación ni recursos conceptuales.
¿Por qué hablo de enemigos? ¿Profetizo una guerra? Nada de eso. No se trata de un mensaje belicista derivado de un chauvinismo trasnochado. Pero de un modo inorgánico, el matiz ideológico se ha filtrado en el modo de afirmar lo propio, al plantarnos con nuestras propias voces en un espacio que, se supone, por definición, hasta ahora no nos pertenece. Los anglosajones no se hacen esa clase de preguntas; los franceses tampoco. Escriben en su idioma y, como concesión especial, alguna vez, traducen una novela de Angélica Gorodischer (concesión especial en la que tuvo algo que ver la amistad que cultivó la escritora argentina con Ursula K. LeGuin) o publican una antología como Cosmos Latinos a la que se le nota cierta desactualización, aunque sea mejor eso que nada... No hay nada deshonroso ni criticable en actuar de ese modo, solo que nosotros parecemos las víctimas de nuestro propio puritanismo, al proceder como lo hacemos.
Por lo pronto, en los últimos tiempos se han detectado signos de “reactivación” en Argentina. Un diario prestigioso, Página/12, lanzó una colección de libros de escritores nacionales de género fantástico. Podrían discutirse varias cosas, entre ellas la inclusión de dos o tres autores que se requiere un gran esfuerzo para que sean considerados “de género”, aún en un sentido muy amplio; prólogos deficientes y una antología final muy despareja. Pero hay que agradecer lo hecho y no rabiar por los errores. Los libros de Gardini (dos novelas cortas) y de Alejandro Alonso (una novela corta y varios cuentos) salvaron en cierto modo la experiencia. Ya hablé al pasar de Mañanas en sombras y no diré nada más porque estoy involucrado. Una editorial local, Interzona, editó una versión corregida de Plop, antes editada en Cuba. Y hacia fines de 2012, Ediciones Desde la Gente publicó una antología que compilé, llamada Tricentenario, en la que, una vez más, fue posible presentar relatos especulativos de varios escritores argentinos como Ricardo Castrilli, Néstor Darío Figueiras, Hernán Domínguez Nimo, Rogelio Ramos Signes, Cristian Mitelman, Alejandro Bentivoglio, Daniel Frini, entre otros. En Tricentenario las conjeturas se centran en la evolución de los procesos de emancipación iniciados hace dos siglos, proyectando otros cien años hacia el futuro las líneas que somos capaces de visualizar en la actualidad.
Y no se detiene. La producción de muchos de estos autores, moviéndose con independencia de las modas o de las corrientes comerciales, están abriendo nuevos caminos, expandiendo temas y enfoques que permiten la intersección de géneros: ucronías policiales, distopías en realidades fracturadas, expansión de la humanidad por el universo en la que los países de la región tienen un protagonismo que jamás se le había otorgado, ingreso de lo onírico en contextos de fuerte contenido político, social, antropológico… Las variantes son infinitas.
No obstante, me voy a permitir un retroceso de casi treinta años para tomar nuevo impulso y abordar otros mundos alternativos que no me gustaría que queden en el camino. Cuando el estudioso español Augusto Uribe me involucró en su proyecto de Latinoamérica Fantástica, la antología que publicó Ultramar en 1985, la Argentina vivía un momento de gran efervescencia cultural, hija del retorno a la democracia tras ocho años de “Proceso” militar. En nuestro campo, la literatura fantástica, esa ebullición, como ya señalé, había sido motorizada por El Péndulo, la revista de Marcial Souto. Al mismo tiempo, en el lapso que El Péndulo dejó de aparecer por motivos estrictamente “comerciales”, Marcial Souto estuvo al frente de la segunda época de la revista Minotauro, una experiencia peculiar que, sin continuarla, recuperó algo de aquel sabor a “buena ciencia ficción” que había tenido la publicación de Francisco Porrúa en los años sesenta. En la creta de la ola, Minotauro se animó a lanzar al mercado una colección de libros que le dio una oportunidad a una serie de nuevos escritores como Gorodisher, Gardini, Shua, Eduardo Abel Giménez y, aunque ahora parezca absurdo, a Mario Levrero, por entonces un casi desconocido, hoy convertido en autor “de culto”. Tal vez debimos haber imaginado que esas publicaciones eran apenas el producto de la euforia del momento y que, en la medida en que no se consolidara un encuadre teórico estaríamos condenados a repetir la afirmación del estudioso Pablo Capanna, en el sentido de que los argentinos hacemos ficción especulativa a partir de lo que producen los anglosajones y por consiguiente nuestras posibilidades de consolidar un “mercado” reconocible, llevara la etiqueta que fuera, era poco menos que una utopía. Por lo pronto, y en la mayoría de los casos, los mundos alternativos siguieron en la mira de algunos autores (Gardini, Giménez, yo mismo), pero en la mayoría de los casos los escritores que habían desarrollado sus carreras en la corriente principal y nada tenían que ver con una literatura de género siguieron su camino por afuera de la narrativa conjetural y solo la rozaron ocasionalmente. Al mismo tiempo, y sin haber sido nunca “contaminados” conscientemente por lo especulativo, Pablo de Santis, Federico Andahazi, Carlos Chernov y Marcelo Cohen, por citar los primeros que llegan a mi mente, construyeron mundos alternativos sin pagar el precio que requiere haber pasado por la fase “de género”. Lo cierto es que la imposibilidad de visualizar y consolidar un mercado disuadía a la mayoría y como la alternativa hubiera sido apegarse a los tópicos y las formas de la ciencia ficción anglosajona se entiende el escaso interés de los autores por comprometerse en construcciones de largo aliento o sentar las bases de una voz propia.
En ese sentido son paradigmáticas las obras de dos escritores argentinos. Eduardo Goligorsky utilizó la ciencia ficción como recurso para indagar los aspectos sociales y políticos de la realidad desde una perspectiva fantástica, y Alberto Vanasco, otro escritor fuertemente influenciado por las posibilidades de la ficción especulativa a la hora de analizar los intersticios de la realidad con ojos ficcionales.
Sin embargo, no todos veían esa exploración como el método idóneo para recomponer una idiosincrasia quebrada. Emilio Serra, en un artículo aparecido en el boletín Gigamesh Nº 4, Marzo/Abril de 1986, argumentaba que, si bien “no estoy en absoluto en contra de reivindicar los rasgos autóctonos en los que uno crea reconocerse (...) me parece absurdo y triste llegar a extremos de chauvinismo acérrimo, de nacionalismo cerril y de cerrazón a cualquier detalle innovador que pueda llegar a venir de afuera”.
No niego que en una primera fase de recuperación de lo propio se hayan cometido excesos “chauvinistas”. Pero eso jamás fue una norma y mucho menos un rasgo autoimpuesto. Tampoco debe leerse como que los escritores argentinos abrazamos la ficción política y una ciencia ficción de sesgo “nacional”, abandonando cualquier forma que nos vinculara a lo “foráneo”. Pero es posible detectar una serie de indicios que pautaban la búsqueda de una identidad. Tal vez tuvo bastante que ver que por aquellos años emergíamos de una noche muy oscura y necesitábamos exorcizar algunos demonios. La piedra de toque fue el cuento de Carlos Gardini “Primera línea”, premiado en un concurso muy importante que contó a Jorge Luis Borges entre los jurados, y otros cuentos del mismo autor que aparecieron en sus dos primeros libros de relatos. A su vez, la predisposición de El Péndulo para asimilar ficciones nativas, el marco teórico que ofrecían las reflexiones del profesor Pablo Capanna, que de alguna manera ya he mencionado, y las pulsiones derivadas de que habíamos sido capaces de crear una serie de medios de expresión propios, los fanzines, nos habían permitido soltar amarras y casi sin determinar el rumbo nos habían lanzado a la conquista de territorios inexplorados. Mis propias experiencias en ese sentido, sobre las que el pudor me inhibe de extenderme, el fanzine Sinergia (doce números entre 1983 y 1987) y la revista profesional Pársec (seis números entre 1985 y 1986) son la demostración cabal de lo que, desde mi humilde posición, intentaba hacer.
En el mismo momento de formularla se nota que es una pregunta retórica y la respuesta solo puede ser: “de todo un poco”. Cambiemos el ángulo, entonces. ¿Qué nos proponemos, qué nos motiva, que nos impulsa? Regresando sin dificultad al comienzo, podemos decir que estamos saliendo de una larga noche que contenía otras largas noches con períodos de claridad. Nunca en el pasado, más allá de arrestos individuales y tozudeces irreductibles, estuvieron dadas las condiciones para que los escritores proyectaran una obra en el tiempo, pudieran organizar sus etapas y construir los planos de una carrera. Si tales condiciones se dan, los escritores exploran y al cabo de cierto tiempo abandonan los modelos de importación y se animan a plantar sus propias marcas, condición básica para que aparezca el “estilo”. Es bastante natural que Borges, Bioy Casares y Cortázar, aunque no sean escritores “típicos” de ficción especulativa, impregnen la prosa de los autores locales y sus temas y formas terminen abrazando un cómodo sincretismo. No deben desdeñarse, no obstante, otros evidentes imperativos: el lenguaje coloquial de Gorodischer y Gandolfo, la construcción de universos con reglas y personajes a la medida de cada ficción, como en Gardini y más recientemente en Alejandro Alonso, la preocupación por desentrañar las claves de la decadencia, la inoperancia y la anomia política del país, como en casi todos, ya sea en clave metafórica, figurada o sin claves. Por cierto que parece más sencillo apuntar a la desintegración, como visualiza Pinedo en Plop o Chernov en Anatomía humana. Gracias a ese pesimismo “natural” de los mundos alternativos de los argentinos pude compilar Mañanas en sombras, pero es incuestionable que las pesadillas apocalípticas dejan exhausto al lector, por lo que no está nada mal darle un espacio a lo lúdico (las ucronías no son otra cosa que juegos intelectuales, partidas de ajedrez reconstruidas en la historia) y a lo leve.
En 2008 reuní los cuentos para una antología denominada Los universos vislumbrados 2. Se trataba de una suerte de secuela de la que la misma editorial publicara en 1978, por lo que resulta válido trazar una suerte de ruta que nos permita viajar a través de los treinta años transcurridos entre una y otra. En la primera aparecen algunos de los nombres más representativos de la construcción de mundos alternativos pertenecientes a la etapa que yo llamaría “involuntaria”. Es decir, si Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Santiago Davobe, Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares incursionaron en la ficción especulativa no lo hicieron para cumplir con un afán “de género”. Más deliberada fue la operatoria de Angélica Gorodischer, Juan Jacobo Bajarlía, AlbertoVanasco, Magdalena Mouján Otaño, Alfredo Julio Grassi, Guillermo Boido, Alicia Suárez y Elvio Gandolfo, por ejemplo, quienes exploraron espacios inciertos, realidades desfasadas y rotas, campos oníricos y puramente ficcionales, los productos de la imaginación y la inventiva que pueden vincularse estrechamente a la variante “ampliada” de la ciencia ficción, una narrativa hecha de conjeturas y especulaciones. En 2008, los autores fueron otros, claro; fue posible y necesario ofrecerle un lugar a las caras nuevas. Pero a pesar de que la diversidad temática sigue siendo el signo distintivo, es posible observar ciertas constantes. Como señala Angela B. Dellepiane en su trabajo “Narrativa argentina de ciencia ficción: Tentativas liminares y desarrollo posterior” (1989), los modelos en torno a los que se configuran las ficciones del período (incluye varias antologías argentinas de las décadas de 1960 y 1970) son extrapolaciones de algunos rasgos de nuestra sociedad que conducen a un mundo barbarizado, producto de alguna forma de colapso, o sin necesidad de llegar a ese punto, distopías. En el trabajo de Dellepiane se consideran varios otros ejes temáticos, que coinciden, tonalizados con cierto “color local”, con los que pautan la producción de la narrativa conjetural de los anglosajones.
Las posibilidades abiertas a partir de las propias pulsiones ofrecen un campo más fértil que cualquier sesgo imitativo, amparado en la creencia de que “así será más fácil publicar”. Pero los editores publican lo que hay. Bien, entonces es hora de decir de una buena vez qué hay...
No hay conclusiones. Sacar conclusiones es cerrar el asunto, y cualquier opinión sobre el futuro de los autores y obras que se internan en los mundos alternativos sería provisoria. Por otra parte, ya que aborrezco la condición predictiva que algunos le asignan a la ciencia ficción mucho menos voy a usar ese incomprobable don para adivinar la dirección de una actividad multifacética. La ficción especulativa, como buena hija de la narrativa conjetural, es un animal que evoluciona sin parar, que se propone crecer y crecer hasta alcanzar dimensiones dignas de un ser llegado del espacio profundo. No descarten la posibilidad de que arroje algún zarpazo en el futuro próximo, de que producto de esa acción se rasgue el tejido de la realidad y que a través de la fisura empiecen a fluir, incontenibles, hordas y manadas de mundos alternativos.
En lo inmediato, he tenido la posibilidad de lanzar una serie de antologías binacionales, por lo que el presente es casi futuro. Ya se publicaron Espacio austral, con Chile, y Extremos, con México. Esperan su turno antologías similares realizadas con Perú, Brasil, Bolivia, Ecuador, Cuba, España, Portugal, Francia, Italia, Grecia, Rusia, Israel. Algunos son los autores conocidos, otros constituyen el recambio imprescindible de un género que no se cansa de evolucionar.

Sergio Gaut vel Hartman 




martes, 11 de septiembre de 2018

TINTA VERDE




Ayer, a las nueve treinta, al abrir la puerta de su consultorio, el terapeuta bioconductista Tirso Blavatsky, cincuenta y nueve años de edad, y treinta y dos en el ejercicio de la profesión, encontró, clavada en el revistero de la sala de espera, la nota que transcribo a continuación. Estaba escrita con tinta verde y pésima caligrafía.

“Nosotras, las plantas de su consultorio, exigimos ser retiradas de este nido de padecimientos y desdichas. Usted sabe que en el último año trece compañeras, entre fitonias, bromelias, potus y helechos, han muerto por culpa de las emanaciones negativas de sus pacientes. Queremos poner fin a las infecciosas fulerías de esos depresivos, psicópatas y obsesivos que afectan nuestra existencia de un modo insoportable. Sin embargo, como no se nos escapa que atender a estos enajenados es su medio de vida y única fuente de ingresos, no le pedimos que deje la psicología y se vaya a despiojar albatros a Samoa; nos limitamos a hacerle una sencilla sugerencia: regálenos a la señorita Rosa Miraflores o al señor Narciso Robles, neuróticos agradables y simpáticos que nos sabrán cuidar y nos amarán tiernamente”.

Seguía una firma ilegible.

sábado, 8 de septiembre de 2018

SÁBADO CON AMIGOS (TRES)


ASIMÉTRICOS
Sergio Gaut vel Hartman & Javier López

Saltó de la cama y se acercó a Mariana, que se miraba absorta en el espejo de la abuela Renata.
—Más bella que nunca —dijo frotándole el lóbulo de la oreja izquierda. Ella se sobresaltó y le tomó la mano.
—Me asustaste. Supuse que seguías durmiendo.
—¿Pusiste algo en la última copa?
—¡Por supuesto! De lo contrario hubieras tratado de hacerme el amor.
—Es mi naturaleza.
—Pero la biología nos ha dicho que no, querido. Nuestros órganos no son complementarios. Disfrutemos del amor sin sexo.
Desde que Bayern Enterprises se encargaba de incubar bebés humanos para liberar a las hembras de la tediosa tarea de quedar embarazadas y parir, las anomalías orgánicas no habían hecho más que multiplicarse. Mariana tenía su sexo en una pequeña apertura del talón de su pie izquierdo. Ignacio, en una protuberancia que salía de su nuca.
—Disfrutemos del amor sin sexo —asintió él, cabizbajo.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

LA LÍNEA TRANSVERSAL


Mal día para Ramón. Lo que no venía torcido de fábrica se torcía cuando él lo tocaba. A la mañana había sido una llamada de Juancito, su asistente, que le informó que la reunión de la comisión se haría a la cuatro, justo a la hora en que él se iba a encontrar con Fregues para cerrar el negocio de los puestos de artesanos en la plaza. Al mediodía fue su ex mujer, Lydia, reclamando como loca la plata de la mensualidad. Y ahora esto: la cuatro por cuatro que se negaba a arrancar. Todo estaba saliendo mal, sin duda. Llamó al auxilio, porque él no quería meter las manos y ensuciarse sin la certeza de que sabría arreglar el desperfecto, y supo que tendría que esperar una buena media hora, seguramente hasta que los vagos terminaran la ronda de mate que acababan de empezar.
Ramón Chamorro, pequeño agricultor devenido concejal por obra y gracia de las manos amigas que sabían que él devolvía los favores recibidos, empezó a impacientarse. Se sentía acosado por un malestar indefinible, como si de pronto hubiera comprendido que el puesto, que tan generosamente le habían regalado para que él fuera funcional a sus patrones, le quedaba grande. Era un hombre que se había hecho trabajando duramente y que gracias a eso pudo sostener a su familia, darse ciertos lujos… Pero en algún momento quiso más. Observó a su alrededor y comprobó que muchos de sus amigos “habían pegado buena”, sin preocuparse demasiado si en el camino se ganaban algunos raspones y menos todavía si eran los otros los que quedaban lastimados o heridos. No soy un idiota, pensó en aquel momento Ramón, tengo que hacer algo por mí. Por entonces las cosas empezaron a estropearse con Lydia y luego de la separación descubrió un mundo nuevo, la libertad de conocer mujeres, ir a fiestas, viajar. Pero todo eso cuesta dinero, mucho dinero.
El auxilio demoró una hora y media. Cuando llegó la chata destartalada de Galíndez y el mecánico bajó sin apuro, seguido por su ayudante, un indio andrajoso y feo, Ramón apretó los puños, y sólo la necesidad de que le repararan el vehículo hizo que no empezara a los gritos.
—¿Qué le anda pasando a su camioneta, don Ramón? —dijo Galíndez, sobrándolo, como siempre.
—Está enfermita, Galíndez —replicó con ironía—. ¿Me la puede curar, doctor?
—Usted siempre tan chistoso —dijo el mecánico. Y sin hacer más comentarios levantó el capó, puso las manos aquí y allá y le dio órdenes a su asistente en voz tan baja que Ramón no tardó en volver a sumirse en sus pensamientos. Sin embargo, algo lo empujaba en dirección al indio. Calculó que tendría unos veinte años, tal vez poco más, pero parecía un hombre de cincuenta, gastado y enfermo. Lo que no te mata te hace fuerte, pensó Ramón en algún momento, y se arrepintió de inmediato. Por uno de esos que llegaba a la edad adulta, docenas se morían como moscas. ¿Y a mí qué me importa? Yo no puedo resolver los problemas de esta gente. Eso es asunto de los de arriba…
—Don Ramón. —Galíndez interrumpió el flujo de pensamientos del concejal—. No es grave. Se estropeó el inyector electrónico de combustible. Ya está. Son quinientos pesos.
—¿Quinientos pesos por arreglar un inyector? —Ramón silbó—. ¿Lo cambiaste? ¿De dónde sacaste otro?
—Llevo en la chata los repuestos necesarios, don Ramón. —El mecánico parecía divertido por la situación.
Uno puede manejar a la gente como si fueran muñecos de miga de pan, pensó Ramón, pero a los mecánicos no, a los mecánicos, definitivamente, no. Y todo porque él no había sabido arreglar el desperfecto… Seguía siendo un mal día.
Galíndez agarró la plata y le hizo una seña con la cabeza a su ayudante. El indio, por un instante, miró a Ramón, y en esa mirada hubo algo filoso que al concejal no le pasó inadvertido.
Corajudo el indiecito, reflexionó mientras veía alejarse la chata. Me miró los ojos, como si no hubiera ninguna distancia entre nosotros. Alejó esa idea. No quería pensar en esa gente. El Impenetrable está lleno de asentamientos en los que vivían indios como el ayudante de Galíndez. Pero él no podía hacer nada. Si tratara de hacer algo, por ejemplo, los amigos le bajarían el pulgar. ¿Le daban pena? ¿Y qué? Con la pena no vamos a ninguna parte.
Arrancó el vehículo y se dispuso a empezar de una buena vez con las cosas del día.

Pero no mejoró. La reunión se prolongó hasta las seis y tuvo que decirle a Fregues que lo de los artesanos debía postergarse. La bronca del otro fue audible, y le dijo un par de groserías. Él no se quedó atrás y terminaron a los insultos.
No le fue mejor con Lydia. Estaba hecha una fiera y lo amenazó con dejar todo en manos de un abogado. Y ya se sabe que cuando los abogados se meten con los asuntos de un concejal encuentran lo que no deben. ¿Será posible, se dijo Ramón, que hoy no me salga una bien?
Detuvo el vehículo en medio de la ruta y trató de pensar. Anochecía. Lo único que podía salvar el día era verla a Fabiana. Un rato con ella tal vez... No lo esperaba, era cierto, pero le daría una sorpresa. Nada de flores o bombones, le caería de improviso y ella estaría encantada.
Un poco más calmo, puso en marcha el motor y enfiló hacia Santa Isabel. Nadie sabía de su asunto con Fabiana, o por lo menos eso creía. Aceleró y antes de que las sombras cubrieran el campo estuvo frente a la casa de su amante… para descubrir que alguien se le había adelantado. Reconoció la camioneta de Fregues. ¿Fregues? ¿Así que esa alimaña no sólo le arruinaba los negocios sino que además le soplaba las mujeres? Ramón apretó el puño y lo golpeó contra el volante, pero reprimió la fuerza del impacto, se mordió el labio y resopló. ¿Qué estaba pidiendo? ¿Qué Fabiana le fuera “fiel”? Él sabía por qué la había buscado.
Puso el vehículo en marcha de nuevo y enfiló hacia la ruta. Todo, todo estaba mal. De pronto, sin saber por qué, se le cruzó la imagen del indio, el ayudante de Galíndez que lo había mirado a los ojos. ¿Había sido una mirada de reproche? ¿Qué le estaba reclamando? ¿Qué hiciera algo por sus hermanos del Impenetrable? Hacer algo era lo mismo que nada. Esa gente estaba condenada. Aceleró. La ruta estaba despejada. Igual se morían de dengue, paludismo, chagas, tuberculosis y cuanta peste anduviera suelta. Se iban a extinguir. En una o dos generaciones no quedaría ni uno. ¿Él tenía que sacrificar su posición y arriesgarse a que le dieran una buena patada en el culo para salvarlos? Aceleró más. Encendió la radio. No tenía sentido. Su vida y sus problemas estaban primero. Pero no paraban de acosarlo, de hacerle la sangre vinagre. Lo único que le faltaba era agregar un asunto más a la larga lista. ¡Indios! ¡Qué me importan a mí los indios! Subió el volumen de la radio. A los costados de la ruta, como gigantescos fantasmas oscuros, se alzaban amenazantes los macizos vegetales, el bosque en el que latían esas criaturas desgraciadas por las que nada podía hacer. Y entre los árboles, como si los indios estuvieran celebrando algo, vio el fuego de una hoguera, y muchas siluetas rodeando el fuego. Subió el volumen de la radio una vez más. Quería aturdirse, no pensar. ¿Quién era la que cantaba? Prestó atención a la letra para no pensar en Lydia, en Fregues, en Fabiana, en el mecánico, en los indios.

…cuantos caminos andados, cuanta y ninguna ciudad; mi soledad para qué, alguna noche se fue… Y te amaré...

No me vendría nada mal, pensó Ramón, que alguien me amara, ¿no? A ellos, agregó, como hablando con la selva, a ellos tampoco les vendría nada mal que alguien los amara. Y por primera vez en muchas horas se sintió mucho mejor, como si de alguna manera tortuosa y extraña, hubiera producido un acto noble y positivo, un cambio, una marca, una señal en algún recodo invisible de la realidad. Disminuyó la marcha, bajó el volumen de la radio y se dejó arrullar por el final de la canción.

La chamana dejó caer los brazos a los costados del cuerpo. Había logrado que el mensaje de la canción emitida por la radio de un auto o una camioneta que pasaba velozmente por la ruta penetrara en la mente de su pueblo. Ignoraba si produciría el efecto adecuado —de hecho, ella había empezado a desconfiar del poder de las fuerzas invisibles en tanto y en cuanto jamás se ponían al servicio de su gente—, pero no debía desperdiciar ninguna oportunidad por pequeña que fuera. Aquella voz, prometiendo amor, era bastante más de lo que nunca hubieran obtenido. Ahora empezaría la aventura de hacer contacto con la dueña de la voz. Se puso en marcha.

martes, 4 de septiembre de 2018

EL ZOMBIE ELÉCTRICO



Soy una persona racional, aborrezco a los que creen en supercherías, a los fanáticos que entregan su voluntad a cultos esotéricos o brindan ofrendas a ídolos de arcilla. Por eso, cuando el doctor Almitto anunció la creación del IRD no puede menos que sentir alborozo: una vez más un hombre de ciencia se plantaba frente a la ignorancia y la superstición.
Por entonces, si bien mamá no había muerto, hacía un año que estaba convertida en un zombie, un ser desvalido y vulnerable, víctima absoluta del despiadado Alzheimer. Esperábamos el desenlace de un momento a otro y como no quería perder la oportunidad, me apresuré a cerrar trato con el IRD sin reparar demasiado en las advertencias de los agentes de la empresa, que se aburrieron aclarando que el sistema estaba en fase Beta, que existían riesgos —firme aquí y aquí y allí—, exculpándolos de cualquier fallo que se pudiera producir. Firmé todo lo que me pusieron delante de los ojos, sin leer nada, ni la letra grande ni la pequeña.
Mamá falleció el 3 de agosto, en medio de una tormenta atronadora. No hubo velatorio, claro, y los del IRD se la llevaron en una caja de hielo seco a las dos horas de producido el deceso.
La trajeron de regreso diez días después. Bueno, en realidad la dejaron en la puerta de calle. Ella hizo el resto del camino por sus propios medios, abrió la puerta y casi nos mata del susto. Estaba radiante. Lucía la mejor sonrisa de los últimos tiempos. La habían maquillado con esmero y el volumen de la grabación estaba dos puntos por encima de lo adecuado, pero yo sabía que ese era el precio a pagar para que el sonido de los nanomotores y relés quedara disimulado en medio del incesante parloteo.  
Mamá estaba con nosotros de nuevo. Ya no era una pobre vieja en ruinas; habíamos recuperado a la mujer de siempre: risueña, dicharachera, jovial. Leticia leyó la felicidad en mis ojos. Fue maravilloso durante ocho minutos, el tiempo que demoró en fallar el micromotor del hombro derecho. El brazo se movió espasmódicamente, la mano se convirtió en una garra, se cerró con fuerza sobre el cuello de mi esposa y empezó a apretar y apretó y apretó y apretó. Cuando pude recuperarme llamé al IRD. Me hicieron un descuento del doce por ciento para convertir a Leticia en otro zombie eléctrico.

lunes, 3 de septiembre de 2018

EL ESTOQUE DE PLATA

Cuento finalista del 11º Premio Don Manuel de Narrativa Corta 2017.




—Me he metido en un berenjenal, querido amigo.
—No será la primera vez que lo haces.
Contemplé a Juan Carlos con ojos de cordero condenado al matadero. Mi expresión era una cuidadosa mezcla de inseguridad, testarudez y beatífica inocencia, aunque las muecas delatoras no aparecieron necesariamente en ese orden.
—Es injusto —dije.
—¿Qué es injusto? No fui yo quien dijo que estaba metido en un berenjenal.
—Lo dije yo, es cierto, pero no me diste la posibilidad de explicar qué clase de lío. Y por qué te estoy pidiendo ayuda.
Juan Carlos Romero García, dueño de una agencia de turismo especializada en viajes a España y muy ligado a la colectividad ibérica en Argentina, bebió su café con una sonrisa y me mantuvo en vilo un minuto más, mientras calculaba el precio que me haría pagar por el servicio que yo le estaba demandando. Por cierto que sé que no estaba pensando cobrármelo con dinero sino en algo muchísimo más difícil de solventar.
—Adelante, te escucho —dijo por fin.
Fue mi turno de hacerme el importante, pero no por mucho tiempo. Debo admitir que estaba ansioso, como siempre que una idea literaria me toma la cabeza por asalto y no veo el momento de plasmarla en una ficción.
—Quiero participar en un concurso literario…
—Siempre estás participando en concursos literarios. Y hasta donde sé, nunca ganaste ninguno.
—¡Eso no es cierto! Pero no importa y no viene al caso. Gané uno en Chile…
—No viene al caso, lo dices tú, no yo. —Juan Carlos hizo un gesto de fastidio—. No me cuentes tus hazañas literarias. Adelante, al grano.
—En este caso me gustó el desafío; ya te diré por qué. —Hice una pausa y tomé un sorbo de café; estaba helado, por lo que me apresuré a pedir otro.
—No sabía que los concursos literarios implicaban desafíos —dijo Juan Carlos.
—Yo lo tomo de ese modo, porque si bien el tema es libre se pide que en el relato haya alguna referencia a la cultura, la historia, el paisaje, los monumentos, las comidas o cualquier elemento que se pueda asociar al municipio que hace la convocatoria.
—Interesante —comentó Juan Carlos, aunque era evidente que el asunto no le interesaba un pimiento. Hice una pausa porque llegó mi café, lo endulcé e hice el comentario que me aseguraba un cambio radical en la actitud de mi amigo.
—El municipio que lo convoca —dejé caer como si se tratara de una información apenas relevante—, es Moralzarzal, un pueblo ubicado al pie de la sierra de Guadarrama, a menos de cincuenta kilómetros de Madrid. —Juan Carlos pareció petrificarse; fue como si de pronto hubiera visto al fantasma de su abuelo en la mesa vecina. Y, de hecho, yo estaba haciendo flamear al fantasma de su abuelo.
—¿Qué dijiste?
—Que los cuentos tienen que hacer referencia a lugares y personajes del municipio que los convoca.
—No, lo otro. El nombre del pueblo, del municipio.
—Moralzarzal.
—¿Sabías que mi abuelo nació y pasó gran parte de su vida en ese pueblo?
—No, no lo sabía —mentí, aparentando indiferencia.
—¡Hombre! Esto sí que es una casualidad.
—¿Eso significa que estuviste en ese lugar?
—No una sino tres veces, ¡tres! —Y para graficar taxativamente la afirmación, Juan Carlos trató de dejar el pocillo sobre la mesa y presentar tres dedos… con tanta mala suerte que el índice de la mano derecha le quedó enganchado en el asa y el resto de café contenido se derramó sobre el mantel; por fortuna no quedaba demasiado líquido.
—¡Maldición! —exclamó Juan Carlos.
—Te emocionaste con el recuerdo de tu abuelo, ¿o fue por la coincidencia? —comenté con cierta ironía. Pero él no pareció captar la sutileza.
—No es para menos, hermano; imagínate. El abuelo Francisco se vino en cuanto terminó la guerra civil, escapando de Franco y la Falange —hizo una pausa— porque mi abuelo era rojo, claro; hizo “la América”, pero nunca pudo regresar a su pueblo, vaya uno a saber por qué; dinero para hacerlo no le faltaba. —Tapó la mancha con varias servilletas de papel. Y cuando al fin pudo levantar la vista me miró directamente a los ojos—. Lo sabías, ¿no es cierto? Sabías todo esto. Me mentiste.
—¿Qué cosa?
—Que mi abuelo era de ahí, que visité ese lugar. Alguna vez te lo conté, o lo mencioné en una reunión de amigos y lo grabaste en tu mente. —Hizo otra pausa para que yo asimilara la culpa, y siguió hablando—. No importa. Me encanta la idea de ayudarte.
—O sea —dije feliz como unas pascuas— que puedes hablarme del pueblito con conocimientos genuinos.
—¡Absolutamente!
Apuré el café, que estaba frío de nuevo. —Adelante, entonces, ¿por dónde empiezo? Visité la página de Moralzarzal, leí sobre la iglesia San Miguel Arcángel, construida entre los siglos XVI y XVII, y que fue restaurada hace poco con la ayuda monetaria de los vecinos. Y también leí la historia del reloj del ayuntamiento, el Frascuelo, y que el municipio le regaló un estoque de plata al matador que lo donó, Salvador Sánchez…
—¡Para ahí, hombre! No seas imbécil. Si te limitas a citar los lugares que visitaste en la web de Moralzarzal o en la Wikipedia, los jurados se darán cuenta de que eres un advenedizo y te dejarán de lado. En España tienen bastante experiencia con los chantas de Argentina.
—Capaz que hasta conocen la palabra. —Nos reímos juntos. Pero Juan Carlos volvió a la carga.
—Mira: no trates de engañarlos. No puedes hacer de cuenta que has estado allí sin que se note. Busca otra estrategia.
—Justamente por eso quise encontrarme contigo… Mira, hasta me he puesto castizo al hablar…
Juan Carlos sonrió, pero dejó pasar el comentario. Se daba cuenta de que yo me estaba haciendo el simpático, que trataba de agradar para obtener lo que buscaba, aunque era cierto que recordaba la situación que se produjo en una reunión de amigos cuando el “gallego” Garduño, importante mayorista de comestibles, dijo que había estado en Moralzarzal, entre otras localidades de la sierra de Guadarrama como Soto del Real o Miraflores de la Sierra. A Juan Carlos se le llenaron los ojos de lágrimas cuando refirió que su familia provenía de esa región. ¿Es un crimen que haya recordado el episodio cuando vi que ese municipio organizaba un certamen literario?
Tras el largo e incómodo silencio que se produjo, Juan Carlos golpeó la mesa con el puño. De pronto su buen humor parecía haberse esfumado.
—No —dijo—. No va a funcionar. Estás tomando a la ligera algo que para mí tiene un gran valor... emocional, lo estás bastardeando.
—Estás equivocado. Eso es lo que me impulsó a consultarte, el respeto que siento por España y su gente. Pude haber usado la experiencia de cualquiera que haya viajado, contar lo que vivió recorriendo castillos y torres en ruinas, que pescó en el Manzanares o que cenó en El Fogón de los Arrieros, un restaurante argentino en el que parece que la comida y la atención son maravillosas. Puedo inventar que Ramón Gómez de la Serna iba a comer al Mesón de los Navarros y allí se inspiraba para escribir sus maravillosas “greguerías”, qué sé yo. Hay que ingeniarse, por supuesto… Mi talento natural, con tu ayuda, haría el resto.
Juan Carlos se rascó la cabeza. —Sí, pudiste haber hecho eso, y los jurados del concurso se hubieran reído mucho, porque cuando uno pisa fango, invariablemente resbala, ¿comprendes?
—¿Qué te estoy diciendo? Hice la lista de lo que no quiero hacer. Pude haber pensado que las iglesias son todas más o menos iguales en cualquier parte y que el Mesón de los Navarros, es similar a uno que hay en Chascomús, donde estuve con Romina un fin de semana, hace un par de años.
—No fue con Romina, abombado —dijo Juan Carlos—. A Chascomús fuiste con Renata, hace más de dos años. Para no confundirte deberías evitar la repetición de iniciales. Y no sé si el Mesón de los Navarros, que ahora se llama de otro modo, existía en la época de don Ramón o si él se movía alguna vez del Café de Pombo. No se puede hablar de un lugar como si se lo conociera mirando el Google Maps…
—No cambies de tema.
—No cambio de tema. Insisto, para que funcione deberías ir al lugar, empaparte con el aire puro de la sierra, beber de verdad un vino de la región, comerte un cordero o un cochinillo asado en horno de leña, disfrutar de la calma a la sombra de los arces y las encinas, andar en bicicleta por los caminos de la sierra, deleitarte con esos maravillosos atardeceres.
—¡Muy gracioso! —repliqué, amoscado—. Si tuviera dinero para viajar a España no participaría en certámenes literarios. Los escritores somos los profesionales peor pagados y menos reconocidos…
—No te victimices, cabrón. Hablaba hipotéticamente, es decir, si quieres escribir con propiedad sobre un lugar, visítalo. Y si no puedes viajar a España, viaja con la mente a un planeta lejano, invéntate un hábitat a medida, unos seres estrafalarios, un conflicto imposible y sanseacabó. Pero no te metas con lo que existe, tergiversando las cosas y engañando a los lectores. ¡Me enfureces con tu empecinamiento! Y me haces perder el tiempo. ¿Te imaginas que no tengo nada que hacer más que escuchar tus quejas?
Tras el sermón, bajé la cabeza. Un tercer café hubiera sido demasiado. Seguir molestando a Juan Carlos era un liso y llano abuso de confianza y amistad. Mal que me pesara, tenía razón. Hay montones de concursos que no requieren precisiones geográficas, gastronómicas o históricas. Hay que ser empecinado para persistir chocando contra el muro cuando la puerta está a cuatro pasos y nadie la cerró con llave…
—De acuerdo —declaré.
—De acuerdo, ¿qué?
—No voy a participar, tienes razón. Soy un idiota por haberlo pensado y un doble idiota por tratar de involucrarte en este asunto.
Fue el turno de Juan Carlos de sentirse consternado. Me había pinchado el globo y ahora sentía que ni siquiera había hecho un esfuerzo significativo para ayudarme. No era así, en realidad, pero yo estaba un poco dolido y tenía que resarcirme de algún modo. Una pizca de culpa no mata a nadie.
De pronto, como si una idea portentosa lo hubiera atravesado, alzó la cabeza, me miró a los ojos y dijo.
—Esto.
—¿Esto qué?
—Mándales esto. La crónica de un fracaso pergeñado con buenas intenciones. Tiene buena pinta y si lo escribes con gracia...
—¡Por favor! Esa gente no se chupa el dedo, tú lo dijiste hace un momento.
—Tal vez no, pero tu intento podría caerles simpático. Hiciste el esfuerzo por lo menos. Trabajaste, investigaste, intentaste reunir lo poco que había disponible en una trama coherente; no está nada mal. Me pones de personaje, cuentas lo del abuelo Francisco y que me pediste ayuda. Que al principio me molesté, que luego me enfurecí y que al final, un poco culposo, te sugerí esta variante. Tal vez les guste que uno que de verdad tiene raíces en el pueblo te haya ayudado a escribir el cuento.
—El camino del infierno está sembrado de buenas intenciones.
—No dramatices.
Reflexioné unos segundos.
—Entonces, ¿tu sugerencia es que escriba nuestra conversación y la envíe como si fuera un cuento?
—¿Por qué no?
Me encogí de hombros.
—No se pierde nada con intentarlo —dije.
—No se pierde nada —repitió. Me dio una suave palmada en la cabeza y agregó—: Los cafés corren por tu cuenta.

SÁBADO CON AMIGOS (CINCO)

Cirugía  mayor Enrique Tamarit Cerdá & Sergio Gaut vel Hartman Lemden se acercó a la ventana y contempló el lago helado. La ...